Continuará…

A Tintín nunca le da la sombra (I)

Creo que en los 24 álbumes de Las Aventuras de Tintín –cálculo generoso que incluye Tíntin en el País de los Soviets yTintín y el Lago de los Tiburones, el uno del que Hergé renegaba y el otro que se publicó antes de la muerte del autor pero sin su participación ni en el guión ni en el dibujo– sólo he encontrado una escena en la que aparecen sombras. No sombras metafóricas, sino de las de verdad, de las que proyecta un edificio cuando bloquea la luz del sol.

Es en El cangrejo de las pinzas de oro, mientras el reportero belga se disfraza de mendigo ciego en una calle de la medina de una ciudad marroquí imaginaria para localizar el cuartel general de los contrabandistas. Hay un juego de escondidas involuntario entre uno de los secuaces de Allan –el segundo de Haddock a bordo del Karaboudjan, corrupto y traicionero– y Tintín, en el que la sombra de las calles estrechas aporta poco o nada.

Sin duda, aparecen más efectos de luz en las aventuras del reportero belga. Escenas nocturnas, flashes de faros de coches… Incluso otras sombras más pequeñas, proyectadas por cuerpos humanos a medianoche en habitaciones de huéspedes en las que dormitan tranquilamente o museos de los que desaparecen valiosas piezas arumbayas. Pero son casi por casualidad, por decirlo así.

Célebre es la frase de Hergé para definir la línea clara como la ausencia de sombras, o más bien, sombreado. Su razonamiento era sencillo. Si para un niño –su público potencial, siempre, de ahí la violencia tan poco violenta, el humor tontorrón y ese gruñón entrañable ejerciendo de figura paterna– el jersey de Tintín es azul, es azul siempre. ¿Qué sentido tiene sombrearlo y que el lector lo vea mitad azul, mitad azul oscuro?

Tintín es sencillo. Tintín, sobre todo, es plano. Se mueve en plano, sus colores son planos, el desarrollo de sus aventuras es lineal hasta la nausea y los personajes se definen en torno a dos rasgos de personalidad y un montón de tics. Son álbumes de aventuras para niños que nacen en los años 30 y alcanzan el virtuosismo de su estilo en los 50.

Ya volveremos sobre la vertiente histórica y temática de Tintín en posteriores entregas. De momento, nos centraremos en la formal, que se referirá al contenido cuando deba, pero más desde la perspectiva del género o cómo influye en la lectura que en sus posibles interpretaciones ideológicas.

Pueden contarse con los dedos de las manos las ilustraciones a página completa, y la parrilla de viñetas se respetaría escrupulosamente desde que Hergé definiese su estilo por completo en los 50, incluso rehaciendo álbumes anteriores ya publicados.

Spielberg asegura que este virtuosismo de economía narrativa es lo que le atrajo cuando leyó el primer álbum que le cayó en las manos, allá por los primeros 80, La Siete Bolas de Cristal. Según el propio relato del director norteamericano –o el que le diseñaron sus asesores, en fin–, se enteró perfectamente de la historia gracias al dibujo, pese a no tener ni idea de francés. Un alarde de ignorancia muy gringo, pero que acertaba al señalar un referente claro de la narrativa de Hergé: el cine mudo.

La mejor adaptación posible de Tintín al audiovisual ya está hecha; fue la serie de dibujos animados de mediados de los 90 que adaptaba de manera casi literal todos los álbumes, uno por capítulo hasta sumar 24. Uniformizaba el aspecto de los personajes, que aunque poco en la versión en viñetas sí que evoluciona, pero respetaba la estética del cómic hasta el punto de parecer que se habían limitado a calcar los fondos de las viñetas originales.

En los 60 ya hubo otra adaptación, más limitada por la técnica y más cutre en el respeto a los argumentos. Es célebre, sobre todo, porque sorprendió a Hergé al hacerlo consciente de la trascendencia real de sus creaciones: una niña se quejó porque Haddock no tenía la misma voz que en los cómics. Y probablemente tendría razón, por mil millones de truenos y relámpagos.

¿Es la película de Spielberg una fiel adaptación de la línea clara y el espíritu de las aventuras de Tintín? Pues depende. Por un lado, no han sido raras las críticas que señalaban que la línea clara estaba perfectamente adaptada en tanto se trataba del mismo estilo Spielberg: historias sencillas, amables, lineales y de lectura fácil, donde la peripecia importa más que el mcguffin de turno y los buenos son muy buenos y los malos muy malos.

Por otro lado, es imposible no torcer un poco el gesto ante hipérboles muy hollywoodienses pero impensables para Hergé, como la esgrima entre grúas portuarias o los planos detalles de las acciones del carterista en sus amaneradas intervenciones, que resultan divertidas pero completamente alejadas del estilo tintinesco, tan plano como evidente.

Bien es cierto que el artificio narrativo más evidente, la historia entre dos tiempos del abordaje del Unicornio combinada con una borrachera antológica de Haddock en el presente, está robado directamente de su equivalente tebeístico, tan sólo cambiando el piso bruselense del viejo marino por el cuartel colonial francés –leal a Vichy, para más señas– de El cangrejo de las pinzas de oro, aprovechando el guión y los efectos especiales para regalarnos momentos cómicos, como los de esos legionarios gabachos apuntando alarmados con sus rifles al buen capitán, y espectaculares, como los del Unicornio surgiendo sobre las dunas que se transforman en olas a su paso.

En cuanto a la acción en sí, el mareante plano secuencia de la persecución por las calles marroquíes es antiéticamente tintinesco, en la medida en la que es exagerado e innecesario. No es económico narrativamente hablando: alarga una acción en lugar de encadenarla con otras –en Hergé, hasta en rarezas como Las Joyas de la Castafiore o Vuelo 714 para Sidney, siempre se va del punto A al punto B por medios lógicos y de forma fluida– e hiperboliza algo que en el cómic se habría resuelto en cinco viñetas. Incluso el Tintín que visiblemente disfruta con las piruetas es exagerado.

Y es que la caracterización nos aporta un Tintín más pizpireto e irónico y un Haddock más histriónico que los que tenemos en la cabeza los lectores habituales. Lo cierto es que el capitán, desde que aparece, se come la película y se convierte en su epicentro, ya que al final es la historia de su redención, como hombre y como marino. Tintín, ese querubín sin pasado, pasa a segundo plano, actúa más como su conciencia. La película los rebobina y los espabila, y sólo consigue que el lector adicto los reconozca en momentos muy puntuales, casi en exceso obvios.

De la evolución o no de los personajes y las derivas sentimentales que se les puedan atribuir, Spielberg pasa bastante –aunque no sabemos qué depararán futuras segundas o terceras partes– y nosotros hablaremos de ello más adelante. El argumento funde El secreto del Unicornio, El Tesoro de Rackham el Rojo yEl cangrejo de las pinzas de oro quedándose con las partes que más le convienen y sembrándolo todo de huevos de pascua para el fan, a ritmo vertiginoso y presumiendo de tecnología punta.

Ya lo venía rumiando: es quizás el histerismo de la cámara de Spielberg, emborrachado de su propia capacidad técnica, el que se aleja más del narrar plano de Hergé. Muchos críticos han destacado como es la primera película que logra sacarle partido a la captura de movimientos, en contraste con el supuesto fracaso de Polar Express o similares. Es posible.

Sin embargo lo que histeriza más es el guión. Aunque el mcguffin queda claro y más o menos se consigue hilvanar el paso de una situación a otra, otorga la misma sensación desangelada que el de Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal. Supuestamente, y no voy ni a meterme en por qué sí o por qué no, Hergé, tras ver ‘El Arca Perdida’, pensó que Spielberg era el director ideal para llevar Tintín a la gran pantalla. ¿Son el estilo Jones y el estilo Tintín compatibles, más allá de que uno vaya con mujeres y el otro no?

El que esto suscribe no es precisamente un fan de la serie de películas del Doctor Jones, pero si algo contrasta la trilogía original con su continuación es la sostenibilidad narrativa de lo que se propone. Por supuesto, son aventuras, y en las aventuras importa más cómo pasan las cosas que por qué. Pero el salto de década, real y argumental, pareció trastocar los referentes del arqueólogo machote, acumulando una cantidad de persecuciones y equilibrios circenses no ya impropios, sino directamente cargantes e innecesarios.

Indiana Jones surge como homenaje al pulp de los años 20 y 30. Tintín es pulp de los años 20 y 30 que sobrevive hasta los 80 y evoluciona. Indiana Jones es juvenil, Tintín infantil. Indiana Jones es Hollywood puro, Tintín es BD belga pura. Hay diferencia. Donde uno es artificio el otro es sobriedad, pero en la trilogía original se mantiene un principio de respeto dentro de la carambola. Por inverosímiles que sean las peripecias del bueno de Indiana, no se extralimitan a los fuegos artificiales.

La cuarta entrega, sin embargo, se contagia del contexto cronológico en que se rueda y no parece comprender que aislarse de su contexto cinematográfico hizo mucho por la saga original. Convertida en su propio referente, las imágenes de Shia Lebouf, supuesto heredero de una tradición de estrellas spielbergianas, haciendo el Tarzán vestido como John Travolta en Grease provocan antes hilaridad que la sensación de ‘¡Qué guay es esto!’ que debería transmitir una digna heredera del Arca Perdida.

El mismo contagio del cine de acción actual se observa en Tintín, mezclado con la tradición del buenismo spielbergiano, que no choca en exceso con el tono de la línea clara pero no es exacto, tan sólo similar. Por simplificar mucho, podemos decir que Spielberg, aunque creyente, parte del ateísmo judío, y Hergé, aunque agnóstico en sus últimos años, es un humanista católico.

Aparte, el guión se emperra en hacer explícito lo implícito cuando, justo al final, Tintín pregunta a Haddock por su sed de aventuras y el marino responde que ésta es insaciable. El lector ya sabe que Tintín y Haddock, como el Capitán Nemo de Alan Moore en La Liga de los Caballeros Extraordinarios, parten en cada viaje por vicio, y todo lo demás son disfraces. No hace falta restregárselo por la cara, porque suena a la frase del novato que intenta demostrar que él también ha pillado el chiste en una reunión de expertos. Y lo peor de todo es que muy probablemente no la escribiese Spielberg ni ninguno de sus secuaces, sino Steven Moffat, que es un fan convicto y confeso.

¿Es Las Aventuras de Tintín una película mal realizada o aburrida? No, por supuesto, aunque es para niños, sobre todo, igual que lo fueron los cómics que adapta. Probablemente pase a la historia más por sus logros en el ámbito de la captura de movimientos que por otra cosa. ¿Es una buena adaptación? No sé responder en un sentido categórico. Creo que capta bien los aspectos formales pero no los temáticos, y que al actualizar determinados aspectos, inevitablemente, los traiciona.

En las dos siguientes entregas pienso desgranar otros aspectos de la lectura tintinófila. En especial, mis problemas con la selección de aventuras que elige Spielberg y en la que lo secunda Steven Moffat, showrunner de Doctor Who y actualizador de Sherlock, que no creo que se pueda considerar inocente del todo. Sin más, partimos. En la próxima entrega, los personajes.

Continuará…

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Acerca de Advenedizo

Periodista de un importante diario metropolitano, escritor de fanfictions, extremista político, coleccionista de amenazas de demanda y buen tío en general.

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Esta entrada fue publicada en 23 marzo, 2012 por en Uncategorized y etiquetada con , .
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