Continuará…

Si aprendes a beber y amar a las mujeres (II)

Existe una novela, Tintín y el nuevo mundo, de Frederic Tuten, que se mete en todos los embolados de las interpretaciones adultas e infantiles del reportero belga combinándolo con el sanatorio para tuberculosos de La Montaña Mágica de Thomas Mann. Tintín asume el papel de Hans Castorp y Haddock el del primo Joaquín para enfrentarse a todo el plantel de secundarios de la novela: Settembrini, Naphta, madame Chauchat y el inclasificable Mynheer Peeperkorn.

El choque de tonos es intencionado y brutal, el salto de la lectura infantil a la lectura adulta, dos universos completamente incompatibles compartiendo el escenario suizo. Madame Chauchat desvirga a Tintín en una escena mucho más explícita que su equivalente en la novela original, elegantemente sobrentendida por Mann. Páginas después, Haddock, después de finiquitar en solitario una botella del mejor Loch Lommond, advierte al grumetillo: “Si aprendes a beber y a amar a las mujeres, Tintín, tú también tendrás recuerdos cuando seas mayor”.

El mismo Hergé admitía que creó a Haddock para volver más humano a Tintín en función de su maléfica influencia de héroe fracasado. Sin embargo, el marinero malhablado y borrachín, el gruñón más famoso de los tebeos, acaba por redimirse por influencia de su especie de hijo adoptivo, cuyas lecturas homosexuales son tanto o más descabelladas en la medida en que habrían hecho llevarse las manos a la cabeza al muy católico creador de ambos.

Que ha habido mujeres en la vida de Haddock, por cierto, es algo que sobrentendemos, que probablemente el propio autor esperaba que sobrentendiéramos, pero que en las historietas nunca se nos dice, quizás porque no hace falta. A la Castafiore Haddock no la aguanta, y se indigna cuando Paris Flash los empareja, pero en la película de Spielberg la ve en un cartel y nos regala un contundente “¡Menudo bombón!”.

En Tintín y el Arte Alfa, la obra póstuma inacabada de Hergé, aparece el personaje de Martine, la secretaria del malvado Endadine Akass –supuestamente Rastapopoulos disfrazado, una vez más–, el primer personaje de mujer joven lo suficientemente recurrente como para que alguno haya especulado con que la idea era convertirla en la novia de Tintín. Es posible, aunque también se ha especulado con que la idea de Hergé era matar a su criatura al final del álbum.

Al final, Asterix se ha echado novia –¡y era una romana disfrazada de Falballa!–, Spirou ha besado a Seccotine –¡y también se ha echado novia, pero era una supervillana!– y el profesor Mortimer anda por esas Áfricas y esas Indias del Señor visitando a ligues de la universidad. ¿Por qué no iba a conseguir pareja Tintín? Ibáñez mismo escribió una Vida privada de Mortadelo y Filemón para disipar rumores de homosexualidad sobre sus personajes. Hergé habría sido, si cabe, más sensible al tema. Y la evolución de sus últimas obras permite apuntar a cierto hartazgo de los tics propios de la serie.

El Haddock plenamente consciente de su tragedia que aparece en la película de Spielberg, por cierto, con esas lecciones para Tintín nacidas de la amargura y ese aire de héroe cansado, está mucho más cerca de la interpretación que aparece en la novela de Tuten que de su papel de bufón ocasional o gruñón entrañable. Y frente al Haddock hogareño y bonvivant que sólo abandona Moulinsart por causas de fuerza mayor, casi siempre de lealtad hacia sus amigos –véase por el enésimo secuestro de Torsanol o la penúltima locura aventurera de Tintín–, tenemos esa reafirmación de “sed insaciable” de aventura.

Es habitual, y en gran parte justa, la crítica que señala a Tintín como un “significante vacío”, un cero absoluto lo suficientemente bien diseñado como para que los lectores podamos proyectar en él los valores que creamos necesarios. Algo, o mucho de eso, suele haber en la recurrente polémica sobre su racismo o su homosexualidad latente, sobre los que volveremos más adelante.

Sin embargo, voy a intentar defenderlo, brevemente, de la acusación de personaje vacío de contenido, ya que creo que es evidente que, aunque escasos, Tintín tiene algunos rasgos de personalidad, y que, además, de manera evidente, evoluciona al ritmo que sus historias ganan complejidad artística y argumental. Son difíciles de rascar, por supuesto, en ese tipo al que todos tratan como a un adulto aunque parece un adolescente, sin apellido ni familia conocida y al que, pese a su supuesta profesión de reportero, jamás se le ve firmar una crónica.

En el universo infantil de Tintín, no hay que olvidarlo, los personajes orbitan en su mayoría sobre uno o dos rasgos de personalidad. Haddock es gruñón, Torsanol despistado, Hernández y Fernández idiotas, Serafín Latón un pesado, la Castafiore una diva hiperbólica… La simplicidad del protagonista no responde a un plan preestablecido, sino a un estilo. Casi siempre, Tintín responderá a la definición de no-arquetipo que otorgaba Umberto Eco a los mosqueteros de Dumas –y con la que servidor no coincide para nada–: una excusa para que ocurran cosas a su alrededor más que un personaje.

Pero si podemos atribuir algunas actitudes al reportero belga. Como bien conviene a su profesión, es curioso hasta cruzar la frontera del entrometimiento y desconfiado por naturaleza –aunque no tarda en cambiar de opinión, cuando conoce a Haddock en El Cangrejo de las Pinzas de Oro piensa que es quien dirige el tráfico de opio a bordo del Karadboujan–. También es valiente, y aunque es lo suficientemente reflexivo para evitar la violencia en lo posible, tiene sus pequeños arrebatos de indignación que lo llevan a jugarse el físico, como cuando ve a dos matones abusando del joven peruano Zorrino.

Es inteligente, pero empieza sus aventuras lleno de prejuicios. Los arrastra hasta El templo del Sol, donde tanto Hergé como él se cachondean bastante de los pobres incas, pero los va perdiendo por el camino: el Tintín que visita el monasterio budista del Tíbet o el que participa en el golpe de Estado en San Teodoros poco tienen que ver con el paternalista explorador que visitase el Congo en su segunda aventura.

De cómo el cero absoluto de Tintín es el cero absoluto de Hergé nos habla claramente la comparación entre el Tintín cazador que finiquita una montaña de antílopes en el Congo y habla a los “pobres negritos” como si fuesen niños con retraso mental al joven cuasi hippie que en Tintín y los pícaros rescata un renacuajo en su pañuelo para devolverlo a la charca y obliga a dar un golpe de Estado sin derramamiento de sangre. Una actuación política, además, por motivos más personales que ideológicos: el objetivo de Tintín y Haddock es que el nuevo presidente Alcázar libere de su injusto encarcelamiento a la Castafiore, Hernández y Fernández.

En fin. En 2009, el columnista de The Times Matthew Parris se descolgó con una lista de razones, a la cual más peregrina, que demostraban la homosexualidad de Tintín. Una serie de consideraciones que respaldan la teoría del “significante vacío” en tanto pueden servir tanto para eso como para cualquier cosa y que incluyen desde la falta de referencias a sus padres hasta su apego por Milú. Un montón de tópicos que resultan más sangrantes en la medida en que Parris si que es gay. Incluyen una razón curiosa, por cierto, que se apoya en la teoría de algunos fans según los cuales Tintín es, realmente, espía, y utiliza el periodismo y a Haddock y Tornasol como tapadera.

A Parris le contestó Le Figaro, diario francés conservador como sólo puede serlo un diario francés, con el argumento de Perogrullo de que Tintín y todos los personajes de Hergé son asexuales porque son niños y están escritos para niños. Luego le atizaban con alguna tontería homófoba que es lo de menos, pues obviamente la columna de Parris, ganas de provocar aparte, tenía un propósito más cómico que otra cosa.

Más polémico y problemático fue el affaire de Tintín y el Loto Rosa, casi dos años anterior a la columna maliciosa. El escritor y guionista de cómics español Antonio Altarriba publicó un magnificó libro recopilatorio con el título antes mencionado para conmemorar el centenario de Hergé, y que incluía un relato escrito por él mismo en el que un Tintín adulto y solitario –Milú ha muerto, Torsanol está en el psiquiátrico y Haddock hundido en el alcoholismo– acaba dedicado a la prensa del corazón y aceptando su propia homosexualidad.

La Sociedad Moulinsart, que controlan la viuda de Hergé y su actual marido, aún admitiendo que Altarriba no había hecho nada directamente ilegal, consiguió presionar a la FNAC para que retirase el libro de sus estantes y mantuvo un pequeño pulso con Ediciones De Ponent que se saldó sin proceso judicial a cambio de que, una vez agotasen las copias en el mercado, no se hiciesen más ediciones. El relato de Altarriba, cito textualmente, “pervertía la esencia del personaje”.

El Tintín apócrifo más célebre que circula por la red, tras la versión de Yves Rodier de El Arta-Alfa, es Tintín en Tailandia, gamberrada que desvela un gran conocimiento de los personajes en la que estos se van a Bangkock de turismo sexual. El capitán Haddock es el único heterosexual en un grupo en que también viaja Tchang, admitiendo que durante su aventura en el Tíbet sufrió abusos por parte del Yeti.

En el mismo 2007 en que se censuraba a Altarriba, Bienvenu Mbutu Mondondo, ciudadano belga de origen congoleño, llevó a los tribunales Tintín en el Congo por considerar que su contenido es racista. La editorial Casterman y Moulinsart se defendieron con el argumento lógico, ya utilizado por Hergé en vida, de que la obra no hace sino reflejar la época en que fue escrita. El tema está todavía pendiente de resolución en algún tribunal bruselés, con la petición expresa de que el álbum sea retirado de circulación.

No lo he dicho, ¿o sí? Tintín es asexual porque es un niño. Le Figaro tiene razón. Por citar a un paralelo, Obelix también es un niño y también es asexual, en la medida en que se enamora de manera completamente inocente y platónica. Por citar a otro paralelo, Spirou y Fantasio, Mortadelo y Filemón, son abiertamente heterosexuales y actúan en ese sentido como adultos, sólo que como sus historias son de aventuras o cómicas y están enfocadas a un público infantil o juvenil que difícilmente va a entender referencias sexuales y al que le aburrirían tramas románticas, no se ve cuando ligan, o sólo muy de pasada y tratado de manera cómica.

No creo que se deba defender la neutralidad de los personajes, porque un personaje neutral es un personaje aburrido. Tampoco creo que debamos intentar llevarnos siempre a los personajes a nuestro terreno, al menos dentro de lo que es el análisis de su producción original –luego puedo hacer un fanfiction en el que Tintín se une al 15M, aunque me denunciaría Moulinsart–. Hergé era un belga católico con una formación conservadora al que su vida lo llevó a situarse en posiciones de moderada centro-izquierda y muy ligero ecologismo. Tintín es el hijo de Hergé y refleja esos valores.

Voy a detenerme aquí porque quiero dejar la lectura política y temática de las aventuras de Tintín y su evolución para la entrega final. Sobre Moulinsart, sólo he de decir que la película ha abierto la puerta a que se permita que el personaje sea realizado por otros autores, en cómic, distintos a Hergé. No sería nada raro cuando, en el caso de otras grandes franquicias francobelgas, como Spirou, el paso se lleva dio hace mucho tiempo, e incluso en la serie prima-hermana de Tintín, Blake&Mortimer, los álbumes posteriores a la muerte de su creador, Edgar P Jacobs, se podría decir con todos los respetos que superan en calidad la producción original.

El problema con el que se encontrarían futuros creadores es con el mismo que la película: para que Tintín sea Tintín necesita una estética tan específica que es casi imposible de reproducir. Una opción es poner a trabajar en ellos a unos cuantos novatos de los estudios Moulinsart, igual que va a ocurrir con Asterix, que quedará en manos de dos de los asistentes de Uderzo. Así que, ¿quién sabe? Igual sí que acabamos leyendo un Tintín en Teherán.

Para el paso al dominio público quedan todavía una buena cantidad de años, ya que Hergé murió hace apenas 30 y lo mínimo en cualquier país –desconozco la legislación belga al respecto, si la hubiere– son 70. Y, realmente, no hace falta para sacarle más dinero a la marca registrada, porque ya producen una barbaridad de euros entre camisetas, tazas oficiales y reediciones varias, que con la película han alcanzado un nuevo apogeo.

Pero, ¿quién se resiste a producir álbumes que sean un auténtico ACONTECIMIENTO? ¿A poner en marcha la I+D que ya funcionó también la primera vez? La actitud de Moulinsart hace intuir que experimentos deconstruccionistas como los que ha sufrido Spirou se antojan difíciles, pero todo es ponerse y nuevas historias más respetuosas sólo serían el primer paso. ¿Veremos algún día Tintín en España con el sello de Casterman?

Continuará…

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Acerca de Advenedizo

Periodista de un importante diario metropolitano, escritor de fanfictions, extremista político, coleccionista de amenazas de demanda y buen tío en general.

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Esta entrada fue publicada en 30 marzo, 2012 por en Uncategorized y etiquetada con , .
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