Continuará…

Rey de Reyes del POP (II): Películas

No he incluido ni Ben Hur ni La Vida de Brian. En la primera, Jesús es una mera anécdota que aporta poco o nada, una simple justificación a lo que en toda regla era una de guantazos con mucho presupuesto. En cuanto a los Monty Python, debería incluirlos como parodia del género, pero paso. Sabéis que La Vida de Brian es grande, sabéis que la adoro, no necesitáis que la incluya, y si no la habeis visto, dejad de leer e id ahora mismo al videoclub a alquilarla en lugar de perder el tiempo leyendo chorradas. El fragmento deIntolerancia, de Griffith, que trata sobre Cristo, no lo he incluído porque no lo he visto, y las versiones primitivas, mudas y en blanco y negro, de Rey de Reyes y demás me han parecido redundantes.

También quedan fuera todas las películas sobre los primeros cristianos y demás cursis redomados, tipo Quo Vadis o La Túnica Sagrada, porque no tratan de Jesús en absoluto, sino de propaganda calvinista y homoerotismo. Si Jesús no tiene dialogos, no cuentan, pero me he saltado mi propia regla en un par de ocasiones, que explicaré cuando toquen. Por otra parte, no he incluído cualquier película en la que salga Jesús, primero porque son una barbaridad y no las he visto todas, y segundo porque, incluso dentro de las que he llegado a hacer el masoquista ejercicio de ver en cine, television o internet, hay auténticas gilipuerteces.

De todos modos, el reparto de directores no es desdeñable, ya que tenemos un popurrí con los firmantes deRebelde sin causa, Las invasiones bárbaras, Saló o los 120 días de Sodoma, Braveheart, Gigante, Toro salvajeRollerball. ¡Rollerball!

Rey de Reyes, de Nicholas Ray (1961).

La típica que se repite todos los años en la televisión y de título recurrente desde las adaptaciones mudas de Cecil B. DeMille. Muy fácil de encontrar en los videoclubs porque, en parte, es una coproducción española, y se restauró para la edición en DVD junto con otras producciones de Samuel Bronston rodadas en la piel de toro, como El Cid.

Nicholas Ray es el director de dos clásicos: Johnny GuitarRebelde sin causa. Rey de reyes es una de las dos películas que rodó con el productor Samuel Bronston en España en los años 60, la otra es 55 días en Pekín, y no llegó a terminarla porque, dicen las malas lenguas, el alcoholismo pudo con él. La buenas opinan que se hartó de Charlton Heston y Ava Gardner, que se pasaban el día peleando –y añaden que al personaje de ella lo mataron para reducir las escenas en las que salía y se fuese del rodaje de una puta vez-. La cuestión es que Ray es un director de culto pero semidesconocido -no, no es un pleonasmo-, que apenas llegó a rodar un puñado de películas, de las cuales Rey de Reyes no es la mejor.

A Jesús lo interpreta Jeffrey Hunter, más célebre por hacer de joven aprendiz de John Wayne en Centauros del desierto. Carmen Sevilla tiene una participación breve pero relativamente importante -o impactante- como la Magdalena. El resto del reparto es de actores conocidos pero de segunda fila de la época, de los que reclutó Bronston en mayor cantidad para su aventura europea. Robert Ryan, que interpretó a Juan el Bautista, también tuvo posteriormente papeles destacado en Doce del patíbulo y The Wild Bunch. Por su parte, la banda sonora de Mikos Rosza aún se recuerda

No sé por qué, aparte de la relativamente reciente reedición en DVD, se puso de moda venderla como basada en datos estrictamente históricos obtenidos de fuentes romanas y yo que sé qué más. El problema es que, en primer lugar, es mentira, porque adapta una mixtura de los Evangelios canónicos con elecubraciones históricas sobre las figuras de Pilatos, los dos Herodes y Caifás, que no pasan de eso, elucubraciones…, y, en segundo, las susodichas fuentes –crónicas de Tácito, Suetonio, Plinio el Joven y Flavio Josefo– son casi un siglo posteriores a los hechos, mencionan a Jesús muy de pasada, y, además, lo hacen en fragmentos harto sospechosos de haber sufrido manipulaciones nada desinteresadas más tarde, cuando el cristianismo se convirtió en la religión oficial del Imperio Romano, dato por el que algunos historiadores prefieren ponerlas en cuarentena y otros, directamente, ignorarlas.

La intención de la película es intentar darle contexto, en la medida de lo posible, a la prédica de Jesús, considerada como puramente espiritual, en el marco de los movimientos de liberación hebreos, contrastando casi desde el principio su trayectoria con la de Barrabás y siendo Judas un zelote que juega a dos bandas y traiciona a Jesús para obligarlo, o eso espera él, a encabezar la resistencia armada. Pero los visos de historicidad se van por el retrete cuando Lucio, centurión romano primero al servicio de Herodes el Grande y luego al de Pilatos –un detalle que sirve para explicar como parte de Palestina se convierte en provincia romana de facto y el resto en ‘reinos asociados’–, es enviado como espía al sermón de la montaña, y se encuentra allí con Claudia Prócula, sí, la esposa de Pilatos, “disfrazada” de judía y mezclada con el populacho. Al final, a efectos prácticos, Rey de Reyes es un peplum muy currado que trata sobre la vida de Jesús, donde los secundarios “históricos” tienen más importancia que en otras producciones de este tipo, pero que no se salta ni un tópico tanto del género “de romanos” como del “crístico”.

El ya mencionado sermón de la montaña es una escena destacada, con Hunter recorriendo la multitud en uno de los pocos momentos que te lo crees como Jesús, repartiendo juego ante las preguntas de los típicos judíos tocanarices en plan telepredicador de hace 2000 años. La otra escena, la danza de Salomé -lo grande de Rey de Reyes es que no se salta ningún tópico-, en la que se recrea la cámara, con un Herodes decadente, borracho, débil e histérico y una Salomé/Lolita que da escalofríos –por decirlo de alguna manera–… “Quiero… en bandeja de plata”. “¡En bandeja de plata! ¡Sí! ¡¿Qué?! ¡¿Oro, joyas, perlas?!”. La actriz, que está magnífica y como premio en el doblaje recibe una voz ridícula, paladea la respuesta: “Quiero… ¡la cabeza de Juan el Bautista!”. Me gusta pensar que en el montaje del director Pilatos exclamaba “¡Jarl!”.

El Evangelio según San Mateo, de Pier Paolo Pasolini (1964)

A muchos católicos les gusta contar que Pasolini, homosexual, comunista y ateo reconocido, quedó tan impresionado cuando leyó el Evangelio que da título a la pelicula que se decidió a adaptarlo al cine rápidamente, dedicándolo a Juan XXIII y rodando con actores no profesionales para darle más “pureza”. Como cuento moral para cursis está bien, pero, para empezar, Pasolini usó no profesionales en todas sus películas, y en concreto el actor que interpretaba a Jesús, Enrique Irazoqui, era un estudiante catalán, anarcosindicalista y agnóstico. Además, Pasolini rodó algunas de las películas que más escandalizaron a los meapilas que cuentan esa anécdota bastante después de El Evangelio…, como Edipo Rey o Saló o los 120 días de Sodoma. Ya puestos, siguió siendo un intelectual comprometido, además de comunista y homosexual. Es más, lo acabarían matando por todo ello.

Esta película es defendida por algunos críticos como la mejor sobre la vida de Cristo, probablemente porque se trata del director de mayor prestigio intelectual de los que han llegado al gran público con producciones de este tipo. Por otra parte, a la propaganda católica y a la que no es tan católica le viene muy bien domesticar la obra de Pasolini primando esta película sobre otras. Líbreme Kubrick de decidir cuál es la mejor, cinematográficamente hablando, pero desde luego esta no es la que yo prefiero ni entre el cine crístico ni dentro del de Pasolini.

La trama se limita a traducir en imágenes, escena por escena, el mencionado Evangelio según San Mateo, eliminando sólo dos fragmentos: la designación de Pedro como jefe de los apóstoles y las menciones al Juicio Final. Casualidades de la vida. Cuando digo “traducir en imágenes”, aparte de los actores no profesionales –mamá Pasolini, católica ferviente, interpretó a una María ya anciana- y los escenarios “naturales” de ruinas romanas del sur de Italia -tratan de huir de la grandilocuencia del cine religioso de la época, se supone- y demás, me refiero a que los pasajes en los que el texto reza “dijo Jesús a sus apóstoles” son reflejados como primeros planos de Irazoqui hablando, sin nada más que las nubes a su espalda, o, al principio, donde Mateo cuenta que José el carpintero se dio cuenta de que su prometida estaba embarazada, la cámara muestra a José mirando con cara de pánico el bombo de impresión de María, sin palabras.

Los milagros, por otra parte, son reflejados de la manera más sobria posible, sin efectos especiales ni vainas: enfoque al leproso, cambio de plano a Jesús, lo enfocas otra vez y la lepra/maquillaje ha desaparecido. Scorcese, años después, repetiría estrategia, de nuevo más por razones estéticas que de intendencia.

La historia más grande jamás contada, de George Stevens (1965)

Ejemplo más puro que Rey de Reyes de cine crístico grandilocuente, con el ‘Hallellujah’ del Mesías de Haendel incluído en la banda sonora, un reparto plagado de las estrellas del momento, y un Jesús “carismático” en todos los sentidos. Hollywood puro, al contrario que el resto de la selección, incluída la mencionada Rey de Reyes, producida por un outsider como Samuel Bronston, y La Pasión, que a pesar de los pesares fue un proyecto muy personal de Mel Gibson. Estuvo nominada a cinco oscars, incluyendo mejor película.

El director, George Stevens, era un especialista en superproducciones, y su obra más célebre es Gigante -aquí hay otro paralelismo inquietante que os invito a averiguar-. El reparto, insisto, de auténtico lujo para el momento, tanto en los papeles principales como en los secundarios. Cristo es interpretado por Max Von Sydow, Juan el Bautista por Charlton Heston, Pilatos por Telly Savalas, Claudia Prócula por Angela Lansbury, el Centurión Longinus por el mismísimo John Wayne, Caifás por Martin Landau, Herodes Antipas por José Ferrer… y no sigo porque me puedo comer la reseña entera así.

La historia, eso sí, no se basa en los Evangelios ni en ningún texto canónico, sino en una novela del mismo título escrita por el autor nortamericano Fulton Oursler, periodista, editor y crítico. El material no era para nada escandoloso, como en otros casos por venir, y se prestaba bastante a este tipo de producción. La novela no seguía al pie de la letra los textos bíblicos, sino que los reinterpretaba según los casos, reformulando las escenas según le pidiese el cuerpo. Es episodio célebre la relación con Lázaro, que culmina con una resurrección enmarcada por el mencionado ‘Hallellujah’, un público multitudinario y varios discípulos que salen corriendo en todas direcciones difundiendo el milagro.

Max Von Sydow tiene una interpretación que combina cuando toca la languidez doliente de Jeffrey Hunter con el nervio de Willem Dafoe. Es casi todo lo que se puede esperar de un Jesús canónico en el sentido positivo: carismático, enérgico, generoso, inteligente, etc. El Bautista, como lo encarna el actor de más caché, tiene mucho metraje para lucirse y prácticamente abre la película, además de mantener un pulso con Herodes Antipas que, bueno, no es que sea particularmente original, pero tiene gracia porque lo hacen dos estrellas. Y sí, José Ferrer era una estrella aunque estés consultando imdb para verle el careto mientras te preguntas el por qué de ese nombre tan español.

Jesucristo Superstar, de Norman Jewison (1973)

Lo normal es conocer la versión en castellano cantada por Camilo Sesto, al menos del celebérrimo Getsemaní, -‘Quiero saber/quiero saber/¡mi Dios!/quiero saber/quiero saber/¡señor!/¡¿por qué he de moriiiir?!’-. El Jesuscristo más new agede todos nació en Broadway con libreto de Tim Rice y música de Andrew Lloyd Webber, y fue adaptada al cine muy poco después de su estreno en los escenarios, en virtud de un éxito abrumador.

Norman Jewison tiene una carrera más larga como productor para televisión que como director de cine, pero en este último apartado su currículum presenta cintas que rozan lo mítico: Rollerball y Huracán Carter, además de la versión de 1968 de El secreto de Thomas Crown. Como dato curioso consultable fácilmente en la imdb, el remake de esta última de 1999, donde Pierce Brosnan interpreta el papel que antes fuese de Steve McQueen, la dirigió el nunca bien ponderado John McTiernan, responsable de La Jungla de Cristal 1 y 3, El último héroe de acción, La caza del Octubre Rojo o El Guerrero Número 13, que persigue a Jewison hasta el punto de encargarse en 2002 también del remake de Rollerball. Jewison es uno de los directores vivos más remakeados, y eso que realmente no ha firmado muchos largometrajes.

El simbolismo setentero nos presenta a un Judas de look disco, a soldados romanos con trajes de camuflaje tipo marines y el palacio de Herodes como una mansión hollywoodiense que el tetrarca de Galilea preside en tanga y albornoz. Pero, aparte de lo divertido y pegadizo de las canciones en versión original o adaptada, el contenido no es tan revolucionario, o a mí al menos no me lo parece. Judas, como siempre, un zelote militante con ínfulas –y el mejor cantante del reparto yanqui, todo sea dicho- que abronca a la Magdalena en el episodio del perfume siendo reprendido por Jesús con aquella frase terrible –“pobres tendréis siempre a mano pero a mí no”, poco más o menos-. La Magdalena, por cierto, con canción propia y chorreando por el bueno de su Maestro, el cual permanece impasible, en una derivación tampoco tan evidente en los Evangelios –donde al fin y al cabo, muchos comentaristas sostienen que se puede identificar a la de Magdala con Maria, la hermana de Lázaro– que se iba a ir explotando conforme el new age y el agnosticismo supersticioso –me apunto a todas las religiones porque soy vago y miedica, a ver si cuela– se convirtiesen en las religiones dominantes en Occidente.

Como siempre, saltó algún fanático quejándose porque se retrata tan sólo la faceta humana de Jesús, aunque el relato respeta los evangelios tanto como lo permitían los arreglos de la letra, y sólo añade algunas chorraditas, como el enamoramiento de la Magdalena o los conturbernios del Sanedrín por un lado y los zelotes por otro. Nada que no se hiciese en Rey de Reyes o La historia más grande jamás contada, sólo que cantado y con pantalones de campana para Judas.

La última tentación de Cristo, de Martin Scorcese (1988)

Basada en el libro homónimo del novelista griego Nikos Kazantzakis, algunas escenas de la cinta resultaron tan polémicas que hasta 2002 estuvo prohibida en países como México o Chile. Un aviso al comienzo nos advierte, de parte del autor de la novela, que no se basa en ningún Evangelio, sino sus propias reflexiones acerca de la naturaleza ambivalente de Cristo, mitad humana y mitad divina. En muchas críticas suele notarse que el católico furibundo ni se ha molestado en ir a ver la película, otras son más sensibles y se quejan de que el Mesías dude de su propia condición, en lugar de tenerla clara desde el principio, como la tuvieron en sus casos Franco o Pinochet. Cosas veredes, Sancho.

Se cuenta que Scorcese salía de una crisis personal muy importante –y de la clínica de desintoxicación– cuando se decidió a adaptar la novela de Kazantzakis, en la que volcó sus propias dudas uniéndolas a las del novelista griego. Esta vertiente llamémosla espiritual en su cine tiene un corolario en otra película posterior, Kundun, basada en la vida del Dalai Lama, la invasión China del Tíbet y la posterior persecución y huída, con banda sonora de Philip Glass y actores no profesionales, como una especie de El Evangelio según San Mateo budista –y new age en lugar de comunistorro, claro–.

Reparto de impresión con actores recurrentes de Scorcese: Willem Dafoe como Jesús, Harvey Keitel como Judas, Barbara Hershey como la Magdalena… Banda sonora mítica de Peter Gabriel y guión adaptado por Paul Schrader, todo un lujazo. El planteamiento es sobrio, con los efectos especiales justos y necesarios, de tal forma que donde el libro dice que Jesús habla con un león, vemos un león y oímos una voz en off.

Con el desierto como escenario principal, la película consigue cierto ritmo épico conforme avanza. Por ejemplo, tenemos la secuencia que empieza con Jesús escoltado sólo por Juan y Pedro y, a fuerza de encadenados y fundidos mientras se acercan a la cámara, su séquito se convierte en una multitud; o la presentación de Juan el Baustista en el Jordán, lanzando una diatriba apocalíptica mientras fieles en extásis bailan desnudos a su alrededor.

El argumento de la película gira en torno a las dudas de Jesús sobre la naturaleza exacta de la misión que Dios le ha encomendado, llegando a rebelarse contra él al comienzo, y anhelando constantemente la oportunidad de vivir una vida normal, como la de cualquier otro. Las escenas más polémicas a este respecto, por cierto, no dejan de ser una alucinación durante la agonía en la cruz, a pesar del tono ambiguo en que preferie dejarlo la película.

Como detalles particularmente escandalosos se encuentra que Jesús, como parte de su negativa inicial a asumir el manto del Mesías, se dedica a construir cruces para los romanos, y que, algo más tarde, su última tentación consiste en casarse con Magdalena -a la que hemos visto ejerciendo su profesión en algún momento-, cosa que incluye una escena de sexo y un posterior embarazo.

Pese a lo que pueda parecer, el tono es moderadísimo y muy respetuoso, sin hacer alardes, no en plan chillón “miradme, miradme, digo cosas feas del niño Jesús”, tipo, qué se yo, El Código Da Vinci. Más ofensivo para cualquier cristiano militante debería resultar, en mi opinión, la imagen que se da de San Pablo, al que Cristo confronta llamándolo mentiroso, en un diálogo que es más o menos así: “Yo no morí en la cruz, estás mintiendo”. “No me importa, esta historia da esperanzas a la gente, tú das igual, sólo eres una excusa. Me alegro de conocerte por fin en persona, porque así puedo olvidarte”.

No es la mejor de Scorcese, pero si es mi preferida sobre Cristo, lo más parecido a convertir su trasunto mítico en una película de acción sin envararlo –La historia más grande jamás contada– ni hacer demagogia barata –La Pasión-. En RKO 281 se menciona un proyecto de Orson Welles para después de Ciudadano Kaneque no llegó realizar y yo no me he molestado en comprobar si es verídico: rodar la vida de Cristo con ritmo de western, empezando con una secuencia en la que vemos a un hombre sólo, en la lejanía, andando por el desierto.

La última tentación de Cristo es lo más parecido a esa visión sin dejar de mostrarlo como un líder humano y plausible y resultando bastante intimista y alejada de la hagiografía. Otra cosa es lo que os digan los apóstoles de la vía estrecha, pero esos señores lo que les pasa es que quieren hablar sólo ellos. Y la mayoría ni se han molestado en ver la película, se limitaron a buscar la escena de sexo y empezar a chillar como histéricas.

Jesús de Montreal, de Denys Arcand (1989)

La metaficción sobre Cristo camuflada del habitual juego de identificación que pretende “actualizar” la figura de Jesús. Más difícil de encontrar de lo que parece, tiene la originalidad de ser una producción canadiense, entre tanto gringo y spaghetti.

Denys Arcand es célebre por El declive del imperio americano, multipremiada cinta que rodó apenas dos años antes que Jesús de Montreal y cuya segunda parte perpetró hace no tanto, Las invasiones bárbaras. Quebequés ya talludito, desde los años 90 rueda a ritmo de Kubrick. Como el breve apunte de su filmografía revela, es un señor considerado más bien de izquierdas y con un sentido bastante caústico de ciertas cosas.

En la Basílica de Montreal se representa todos los años la vida de Jesús en una obra de teatro, y la cada vez menor afluencia de público hace que los responsables contraten a un joven actor, Daniel, para pedirle que modernice la representación. Daniel comienza a documentarse para hacer un trabajo lo más concienzudo posible, cual actor del método, decidiendo que él mismo encarnará a Jesús.

Los descubrimientos espirituales que se efectuarán en sí mismo y en los compañeros que va reclutando para su obra van haciendo que el enfoque de esta sea muy diferente al que sus “jefes” esperaban, creando cierto ambiente contrario a ella que hace que la representación acabe en tragedia. Un poco demagoga al final –y antes del final, con un cura católico con novia, cielo santo, qué profundo y contradictorio-, es la versión hippy de otras cosas que mencionaré más adelante.

La expulsión de los mercaderes del templo se traslada a un cabreo monumental del protagonista cuando acude con una de sus compañeras a una audición para un anuncio de cerveza. Los publicistas insisten en que para ver si es adecuada tiene que quedarse en bragas –literal, a la actriz se le ven las tetas de manera tan innecesaria como parece al contarlo–, y a él se le cruzan los cables y rompe una cámara, destroza el equipo de audio y llega a atizarle en la cara a la directora de casting con un zapato en una secuencia impensable de rodar a estas alturas –y más por un neohippy como Arcand–.

Tiene sus problemas, porque no se acaba de meter en el tema de la homosexualidad de uno de los secundarios –hoy no se habría evitado para nada– y el sacerdote ‘principal’ con el que interactúan Daniel y sus amigos está retratado con el culo, por decir algo. También tiene escenas geniales, como cuando tras el éxito de la representación el público felicita a los actores de las maneras más estrambóticas posibles, incluso preguntándoles si han sido contactados por los extraterrestres.

Más que plantear polémica sobre Cristo –los actores llegan a atribuirle su partenidad a un soldado romano, es la leyenda del centurión Pandera, de la que otro día hablaremos–, el objetivo de la película parece ser reflexionar sobre las posibilidades de la espiritualidad en el presente –el de la película son los 80, pero supongo que es aplicable a nuestro momento actual–, aunque el discurso sea un poco de aquella manera y la conclusión no acabo de tener claro si es optimista o pesimista. Se usa a Jesús, supongo, porque, para bien o para mal, es nuestro marco religioso -de eso mal llamado Occidente, digo-.

Jesucristo Cazavampiros, de Lee Demarbre (2001)

Esto es una cachondada independiente que no me he podido resistir a incluir y que os podéis bajar de internet sin miedo. La destaco, aparte de por ser mucho más desconocida que otras parodias, porque cumple una función básica que a muchas de estas, y algunas pelis ‘serias’ se les olvida: si vas a blasfemar, blasfema bien, a lo grande. Y que tenga gracia, a ser posible.

No sé nada del director, Lee Demarbre; el guionista, Ian Driscoll, o el acto protagonista, Phil Caracas –adoro ese nombre–, pero si buceáis en los arcanos de la imdb descubriréis que los tres han cubierto gran parte de sus filmografías trabajando en equipo. La ambientación y casi todos los detalles en general son muy cutres, pero tampoco se busca lo contrario.

El argumento ambienta en la actualidad la segunda venida de Jesús, que actualiza su look rapándose y poniéndose un pendiente, y que llega tras la petición de un cura punk la mar de simpático que le advierte que los católicos de su pueblo –suponemos que algún lugar de Canadá, país de residencia de los implicados en la producción– están siendo masacrados por los vampiros.

Lo que de todo ello se deriva, incluida una pieza musical de Jesús curando gente mientras canta y baila y la aparición estelar de El Santo, el Enmascarado de Plata, es indescriptible. Sólo diré que la escena cumbre es el momento en que el jefe de los malos –un científico que protege a los vampiros del sol injertándoles, atención, piel de lesbiana– está viendo la pelea final por la tele y, de repente, Jesús aparece justo en su laboratorio. El malo, desquiciado, se pregunta “¿Cómo puedes estar aquí? Te veo en la tele, y es en directo”. Y Jesús le mete un puñetazo en plan tipo duro y le responde: “Yo estoy en todas partes”.

La Pasion, de Mel Gibson (2004)

Cuentan que durante el rodaje de Arma Letal 4, Mel Gibson y Chris Rock se colaron en el camerino de Joe Pesci y se hicieron fotos sosteniendo los habanos de éste con el culo. Luego se las enseñaron mientras se estaba fumando uno. También dicen que desde entonces Pesci se ha ocupado de impedir que alguna vez puedan rodar con Scorsese. Y que todo esto se ocupó de difundirlo el propio Mel, mientras iba de sarao en sarao.

Entre esta anécdota, que no sé si es cierta, y La Pasión media una crisis vital que acabó con el bueno de Mel convertido en lo que se conoce en los EEUU como un born again, un renegado que hasta cumplir cuarenta se dio al alcohol y las mujeres malas, y luego se pasó al fundamentalismo cristiano. George W. Bush, que se hizo metodista y además de todo eso también le daba a la coca, es otro ejemplo. Y durante un tiempo, recuerden su cameo en Los Simpsons, la imagen del Mel redimido era la de un tipo serio y responsable pero accesible, no el majara por el que lo tenemos nosotros ahora.

La Pasión se parece una barbaridad a 300. El problema de la película del bueno de Mel es que estuvo rodeada de una campaña de propaganda brutal y de mucha cursilería fundamentalista. Pasamos meses antes de que se estrenase escuchando afirmaciones mendaces, como que Juan Pablo II al verla en un pase privado había dicho “así fue de verdad” o que a Jim Caviezel un misterioso desconocido le anunció que iba a interpretar a Jesús y que sería “muy importante” poco antes de que recibiese la llamada de Gibson. Dios en persona quería una superproducción acojonante, por lo visto.

El reparto es más que decente, una lástima que apenas tengan diálogos donde se pueda notar. Caviezel podía haber interpretado un Cristo niquelado de no ser por la sangría a la que lo someten, que impide que se le vea la cara bien excepto en los flashbacks. En el del sermón de la montaña, inevitable, esboza una sonrisilla cómplice a la hebrea concurrencia. Es lo mejor que da de sí. Monica Bellucci como la Magdalena está impecable sin necesidad de soltar una palabra –es tradición que las magdalenas sean señoras de impresión, como podéis comprobar–, y en cuanto a los demás, cumplen pese a tener que chamullar en lenguas muertas.

Independientemente de que esté mejor o peor construída cinematográficamente, ya que resulta más que espectacular y algunas escenas, por lo cruentas, mantienen en vilo al público, no deja de resultar mosqueante ponerse a pensar en la intención última de la cinta. ¿Por qué en latín y arameo? ¿De qué va Mel? ¿De historicista? ¿Quiere hacer pasar la película por pseudodocumental? Lo lleva claro. Desprende un tufillo reduccionista de fundamentalismo católico que resulta ciertamente supersticioso -con pañuelo de la Verónica y todo-, que toma las partes chorras en las que aparece el Diablo de los escritos de una monja alucinada del XVIII, Ana Catalina Emmerich, una mujer que aparentemente sublimaba tendencias sadomasoquistas en tratados teológicos de una cursilería vergonzante. Sobre la acusación de antisemita, que suele ser aplicable a cualquiera que no diga que Israel es guay y tiene derecho a disparar a quién quiera, no creo que lo sea mucho más que otras películas de esta lista o los mismos Evangelios canónicos.

La Pasión resulta chocante en la medida en que hace propaganda de manera demagógica, vulgar y tonta, y en que fue rodeada por una máquina de esloganes del Vaticano si cabe aún más estúpida que los desmanes fundamentalistas de la película. Ojo, es tan fiel a los Evangelios o más que Pasolini exceptuando los trozos tomados de Emmerich, y está rodada, hasta donde yo alcanzo, con oficio, efectividad y actores más que decentes. Pero eso no quita que sea una sangría reduccionista y ñoña, que causa rechazo a poco que se intente enfrentar sin dejarse llevar por lo manipulador de su planteamiento.

La pasión de Josué el hebreo, de Pasquale Scimeca (2005)

Tuve la desgracia de contemplar este bodrio en el Festival de Cine Europeo de Sevilla hace unos años. El director estaba en la sala e hizo algo que, personalmente, detesto: explicarnos su propia obra antes de que la veamos para que “la entendamos bien”. La experiencia empieza a dictarme que siempre que alguien hace eso, de por sí molesto, su “mensaje” suele ser, además, tontorrón y muy evidente, insultando al público por duplicado. En este caso, otro juego de identificación como el de Jesús de Montreal, pero para señalar que los cristianos somos unos cabrones con los judíos hasta decir basta.

El director es Pasquale Scimeca, un chiquilicuatre del que no he visto nada más, la verdad. No me atrevo a juzgar toda su filmografía por esta película solamente, aunque su persona, como ya he comentado, me resultó harto molesta, por lo cual intuyo que sería incapaz de ver otra de sus películas sin prejuicios.

La pasión de Josué el hebreo está ambientada a caballo entre España e Italia y gira en torno a la expulsión de los judíos por parte de los Reyes Católicos a finales del siglo XV. Josué es un joven judío que llega junto a su familia a un pueblecito del sur de Italia, donde los suyos no son mucho mejor tratados que en nuestro país, obligados a vivir en ghettos apestosos en las afueras.

El pueblucho de cabrones de marras celebra todos los años la Semana Santa con una presentación de la vida de Cristo en la que el joven del pueblo que mejor demuestre conocer las escrituras interpreta a Jesús. Josué, que desde pequeño mostraba gran curiosidad por la teología cristiana sin abandonar su judaismo, es el elegido, para sorpresa de propios y extraños.

A partir de ahí, empieza a meterse en el papel, tanto que a los jefes del pueblo -no se nos aclará que clase de cargos tienen, sólo que son ricos y mandan mucho- les empieza a molestar y contratan a dos maleantes para que hagan de romanos en la representación final del viernes y… lo crucifiquen de verdad. Josué muere reivindicando su origen judío, sin que el público, que se supone que está completamente entregado a su asumido mensaje de paz, mueva un dedo, pese a ser evidente para cualquier idiota que lo están jartando de hostias de verdad.

Muy chorra y demagógico. Es la versión de los hijos de los hippies de Jesús de Montreal, que demuestra como se han ido haciendo metrosexuales y ya no distinguen las películas comprometidas de sus propios prepucios, con perdón.

El discípulo, de Emilio Ruiz-Barrachina (2010)

Bien, esta película tiene muchos problemas. Para empezar, se anuncia buscando la polémica, sosteniendo contra viento y marea que está basada en una documentación de la leche y que es más histórica que todas las cosas y que mezcla filme y documental. Eso es, directamente, mentira, aunque supongo que cruzarían los dedos para que no te dieses cuenta hasta comprar la entrada.

Es una película que buscó desde el principio ser blanco de la polémica y que, por eso mismo, se ha estrellado con todo el equipo. Es, a qué darle más vueltas, horriblemente mala en todos los aspectos, históricos y cinematográficos.

La primera en la frente, el principio plagia el de Braveheart cuando descubrimos, en un flashback en sepia horrible, que Jesús es un zelote porque su padre, José, también lo era, y los romanos lo mataron, así que él clama venganza. Hasta ahí, puede ser sostenible, pero es que resulta que José es el tipo que fabrica las armas para los rebeldes judíos. Sí. José el carpintero. Así que lo que hace son espadas de madera. Contra los romanos.

El reparto es un insulto a la inteligencia en el que sólo se salva Juanjo Puigcorbé como Poncio Pilatos, y eso que se le nota que está cumpliendo como puede para cobrar rápido y salir corriendo. De hecho, las escenas que protagoniza resultan especialmente ridículas porque se nota un huevo que se rodaron aparte, en otra localización y sin el resto del reparto cerca. Cuando interroga a Jesús vemos contraplanos de las caras de ambos, cada uno con una habitación distinta detrás, y nunca llegan a compartir encuadre.

A Jesús, por cierto, lo encarna Joel West, un modelo metido a actor al que no he visto antes ni después y que espero no volver a ver en mi vida. Por lo visto salió en varios capítulos de CSI:Miami. De la Magdalena hace Ruth Gabriel, antes de irse a Bandolera. Todos los actores están doblados, los españoles con sus propias voces. Ni idea de si fue falta de medios o desconocimiento del castellano por parte de los extranjeros.

Desde el detalle de las espadas de madera la cosa no decae, incluso logra mayores momentos de estulticia y surrealismo. La película se articula sobre una conversación entre los evangelistas Juan y Lucas, en la cual el primero reprocha al segundo que en su texto miente más que habla. Sin embargo, cuando vemos las escenas de lo que realmente sucedió, son las mismas de los evangelios con algún detalle cambiado, como que las Bienaventuranzas las pronunciase Jesús en la cárcel ante un montón de presos tras visitar al Bautista. Pero poco más, porque realmente que Jesús fuese un líder político y no religioso no se nota en nada, los presos ni siquiera son zelotes, sólo ladrones y cosas así.

Continuará…
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Acerca de Advenedizo

Periodista de un importante diario metropolitano, escritor de fanfictions, extremista político, coleccionista de amenazas de demanda y buen tío en general.

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Esta entrada fue publicada en 3 abril, 2012 por en Uncategorized y etiquetada con , , .
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