Continuará…

El Siglo de Hergé (y III)

Las Aventuras de Tintín, ya lo he apuntado en las dos entregas anteriores, son el reflejo simultáneo de las dos historias que las vieron nacer.

Una, la personal, de Georges Remi, Hergé, un hijo de la Bélgica de los años 20 con la mentalidad de un boyscout, que no era especialmente avanzado a su tiempo ni un valiente pero sí coherente y honesto, capaz de aprender de sus errores. Un estudiante de Bellas Artes que sin llegar a brillante tuvo la suerte de aprender trabajando y era lo suficientemente inteligente como para ser consciente de sus defectos y disimularlos o convertirlos en ventajas.

Otra, la de Europa durante el siglo XX, sus miedos, sus prejuicios y su evolución, desde el colonialismo más paternalista y mendaz que nos podamos imaginar, la pacatería moral y el trazo grueso; hasta las independencias de los 60, el cinismo de la deconstrucción, la new age, la apertura a las culturas orientales más allá del tópico, y, Zizek nos valga, el proclamado fin de las ideologías.

En mi opinión de lector, y no estoy usando ninguna bibliografía específica para sostenerla, las aventuras de Tintín deberían dividirse en tres grandes etapas.

Una, la ‘primitiva’, que va desde el comienzo, con ‘Tintín en el país de los soviets’, hasta El Loto Azul. Es la etapa donde el personaje es más plano, lo cual tiene un mérito enorme, y en la que Hergé lo mueve de cliché en cliché, la mayoría sacados del cine mudo de la época, y sin ocultar para nada su propósito a la par pedagógico y propagandístico. No en vano, la etapa al completo es publicada por entregas en Le petit vingtieme. Hergé es, en esa época, un ferviente defensor de los valores cristianos que supuestamente abandera Tintín, al tiempo que ingenuamente inconsciente de las lecturas racistas e imperialistas de sus obras. Como él mismo diría años después “era lo que todo el mundo en Bélgica pensaba”.

La segunda etapa es la que podemos llamar ‘clásica’. Arranca con El Loto Azul, pues en esta división no hay cortes bruscos, sino transiciones, y finaliza con El asunto Tornasol. Me he sentido tentado de ampliarla hastaTintín en el Tíbet, lo cual la dotaría de una circularidad casi mágica en paralelo a la vida de Hergé, pero creo que debo dejar que pese más el contenido de los álbumes. El Loto Azul marca el comienzo de las aventuras de Tintín tal y como las conocemos hoy: documentación exhaustiva –al menos hasta donde llegan las posibilidades de Hergé en cada momento–, planificación previa de las historias y un azar productivo provocado por la Segunda Guerra Mundial que la estabilidad de los 50 con la creación de Estudios Hergé finiquita. Es durante esta etapa que se crea el canon del personaje, y se rehacen muchos álbumes anteriores.

Los que van entre El Loto Azul y El secreto del Unicornio que aún conservan características evidentes de la etapa primitiva, como puedan ser claramente La oreja rota y La isla negra –estereotipos raciales y documentación escasa tirando a nula– son reescritos durante este periodo de estabilidad creativa. Otros son rediseñados para ajustarse a las nuevas exigencias del formato álbum de 62 páginas, en algunos casos corrigiendo graves defectos narrativos o de ambientación. Se producen las historias más características y conocidas: El cangrejo de las pinzas de oro, El secreto del Unicornio, Las siete bolas de Cristal, Objetivo: La Luna, etc.

Finalmente, llega la etapa que llamaré, sin que se me caiga la cara de vergüenza, ‘madura’, y que va desde El Asunto Tornasol hasta el inconcluso Tintín y el Arte Alfa. Esta fase podría tener una división justo a la mitad, en Las joyas de la Castafiore, que es claramente la de unas historias en las que Hergé empieza a ignorar los tópicos sobre las aventuras del reportero que él mismo había establecido y que podríamos llamar el ‘Tintín postmoderno’, en un alarde de pedantería sin igual. Baste decir que la etapa final arranca con Borduria, pero tratada a modo de trama de espías y no de historia de aventuras, y que desde entonces Tintín salta de un género a otro, pareciendo el mismo de siempre pero en el fondo muy cambiado, con un Hergé evidentemente deseoso de explorar nuevos caminos pero aún así demasiado enamorado de sus criaturas –y del dinero que traían aparejado–.

Hay dos álbumes que merecen comentario aparte, y son Tintín en el País del Oro Negro y Tintín y el Arte-Alfa, la obra póstuma. Tintín en el País del Oro Negro está apuntando lo que luego iban a ser El asunto Tornasol yStock de coque, historias de corte más realista y menos aventurero, rozando la intriga de espías o el thrillertodo lo que Hergé se lo permitía en una producción que siempre concibió como dirigida a los niños. Los avatares de la Segunda Guerra Mundial y la corrección política después tumbaron una historia que no tenía problemas en pisar charcos como el problema del petróleo o el conflicto árabe-israelí.

Por su parte, Tintín y el Arte-Alfa tiene un interés que va más allá de la propuesta inconclusa, y que por ello mismo no puede ser valorada con justicia. Es un álbum profundamente evocador por las circunstancias que lo rodean: la obra en medio de cuya ejecución muere el autor, sin final suyo conocido, en la que parecía que se iba a subvertir por completo el mundo del personaje. Una obra sobre el arte moderno, sobre la esencia del arte en sí, algo que obsesionaba a Hergé, que deja como último boceto de su propia mano una página en la que Tintín iba a ser asesinado siendo ahogado en plexi-glas, conservando como una estatua eterna, petrificado en esa juventud inalterable.

Pero al mismo tiempo, una historia en la que no se acaba de dibujar a ese aparente primer interés romántico del héroe, una secretaria secundaria algo cursilona y un poco tópica, pero que es el primer personaje femenino ni infantil ni paródico al que vemos que Tintín le dirija más de dos frases. La obra que los herederos deciden dejar sin terminar, como un cadáver exquisito, y que los fans acaban por su cuenta. El salto de la marca registrada a la leyenda, de alguna manera.

Tintín es un negocio. Por muy iniciático que pueda resultarle al fan, introducirse en la Boutique de Tintin, en pleno centro de Bruselas, junto a la Grand Place, la tienda es un baño de merchandising. Los peluches de Milú y las camisetas tapan la visión del suelo con el dragón del Loto Azul sobre él. Una visión terrible y oscura porque, además, como es ‘oficial’, todo es carísimo, hasta para una tienda en pleno centro bruselés. Y hace tiempo que la hija de Tchang no la regenta.

Ya que en anteriores entregas hablamos de Spielberg e Indiana Jones, me gustaría traer a colación una charla de JJ Abrams, autoproclamado heredero del maestro, que se basaba en bastantes películas de este. El presunto creador deLost mostraba una escena de Tiburón en la que Roy Scheider era imitado en cada gesto que hacía por su hijo de la ficción, la típica escena ‘made in Spielberg’, sobre todo en los 80, que arrancaba ‘Ooohs’ al respetable. Para Abrams, que defendíaTiburón como la historia de esa familia y no del monstruo marino, la mejor escena del filme.

Spielberg, Jackson y Moffat eligen tres aventuras para fundir que son de las más canónicas en cuanto a peripecia pulp. Hay que reconocer que resultaban bastante eficaces para presentar conjuntamente a Tintín y Haddock –pues una adaptación cinematográfica sin el segundo resultaba inimaginable– y que son de las más conocidas, así que existen razones narrativas evidentes para elegirlas. Descartar las historias más políticas ofrece una lectura práctica lógica igualmente: no son entendibles, su contexto ha pasado y anclan demasiado temporalmente a unos personajes que deben ser los más etéreos posibles.

¿Es que no debe mezclarse a Tintin con la ideología? Sinceramente, da igual. Spielberg suele no pisar charcos que no sean necesarios, es el rey de lo políticamente correcto, pero adapte lo que adapte, va a tropezar con la política, porque Tintín es todo política.

Sería una tontería discutir que Tintín en el Congo es racista o si el personaje es homosexual. La respuesta a la primera pregunta es que sí. También lo son otros álbumes posteriores, más o menos hasta alcanzar El país del Oro Negro, con la honrosa excepción de El Loto Azul, que marca no ya un cambio en los libros, sino en la apertura de la mentalidad de Hergé.

Que en Tintín existe ideología o una cierta orientación política ni se discute. El reportero nació con un propósito explícitamente propagandístico, el de advertir a los lectores de Le petit vingtieme del “peligro rojo”. Sus dos primeros viajes, América y el Congo, es siguiendo la ruta de los misioneros belgas. Pero, después de El Loto Azul, hay un salto evidente. En esa historia, aunque sea por razones personales, Tintín toma partido por los chinos. En La oreja rota, se ve abocado a formar parte del ejército de Alcázar de manera un tanto rocambolesca, pero en los manejos del vendedor de armas que aparece apenas una escena vemos una crítica nada disimulada de Hergé a la guerra del Chaco, en la que utilizó dos países inventados en un prurito de honestidad: no se había documentado nada sobre Sudamérica. Y El cetro de Ottokar es propaganda antinazi.

Hay muchos más ejemplos: el arranque altruista de Haddock ofreciendo sus terrenos para que acampen los gitanos –sin entrar en que podría repartir sus tierras o alguna julandronez similar, pero no tienen pinta esos nómadas de estar muy apegados a nada–, la defensa de los esclavos de Stock de Coque a los que liberan, la colaboración con cada minoría que les sale al paso, casi por casualidad…

No nos confundamos. El salto de la frialdad profesional es absurdo en Tintín porque no ejerce como reportero, sino como simple aventurero que nadie tiene muy claro de qué vive. Tintín apoya a los chinos frente a los japoneses, a los indios arumbayas o a los gitanos de Moulinsart porque, para él, es natural hacer lo que considera correcto. Tintín es un boy-scout. Es el único dato sobre su pasado que aporta Hergé: antes de partir hacia la URSS, era boy-scout. Así, es de un buenismo y una animosidad ciertamente irritantes.

Si apuntaba que la selección de aventuras a adaptar por parte Spielberg y Moffat no era inocente, es conveniente que haga algunas aclaraciones. Tintín no necesita presentación porque no tiene nada que presentar. Es periodista aunque no ejerce, tiene un perro, es entrometido y le gusta vivir aventuras. Punto. Haddock si la necesita, porque el lector/espectador lo conoce al mismo tiempo que Tintín. Así, El cangrejo de las pinzas de oro es una opción válida.

El álbum del que parte, sin embargo, surge en un momento polémico, con Bélgica ocupada por los nazis y Hergé viéndose obligado a censurar El país del Oro Negro, que tuvo que dejar a medias. Durante la ocupación, Hergé da lo mejor de sí en cuanto a producción, pero todos son aventuras en el sentido clásico:El secreto del Unicornio, La siete bolas de cristal… Se evita la crítica de eventos políticos que se dio antes y se dará después.

De hecho, en El cangrejo de las pinzas de oro, el espía que intenta ayudar a Tintín es japonés y los oficiales y soldados franceses que rescatan a los héroes en el desierto marroquí son franceses leales a Vichy, aunque no se diga. El villano de La estrella misteriosa era un judío norteamericano, y todos los científicos que acompañaban a Tintín en la expedición eran de países leales al eje, incluido un español de apellidos inverosímiles.

Pero El asunto Tornasol, Stock de coque y Tintín y los pícaros, además de más lateralmente Tintín en el Tíbet oVuelo 714 para Sidney, se meten de lleno en la actualidad y toman partido evidente, criticando la carrera armamentística, la esclavitud moderna, la manipulación de los movimientos independentistas en el Tercer Mundo o el mismo concepto de la Guerra Fría.

Elegir tres álbumes de la etapa descafeinada de Hergé implica una concepción de Tintín como pura aventura escapista que no tiene en cuenta ninguno de sus valores positivos. El Tintín ‘ideal’ concebido por su lectores no es ni un ser ideológico ni el cero absoluto que otros le otorgan. No es un caballero andante ni es Indiana Jones. Es un boy-scout que acaba convirtiéndose en un pacifista, ecologista y anticolonialista. Es el reflejo de la evolución del siglo XX.

Tintín puede ser fácilmente identificado con un ideario conservador, pero acaba abrazando postulados perfectamente compatibles con ese aborto del infierno que llamamos centroizquierda. El pacifismo como valor es algo evidente en los álbumes ambientados en la Guerra Fría a través de las ficticias repúblicas de Borduria y Syldavia, el ecologismo va insinuándose poco a poco a partir de Tintín en el Tíbet.

Poco antes del estreno de la película de Spielberg, surgió en twitter de la mano de un puñado de periodistas internacionales, a tenor de la precariedad que inunda a la profesión, la duda de cómo sería la vida del belga de desarrollarse en nuestros días. El hashtag #tintinhoy alcanzó rápidamente la calidad de trending topic –una distinción que tampoco conviene exagerar– gracias a servir de vehículo a la frustración de jóvenes y no tan jóvenes émulos en la vida real de Tintín agobiados por las condiciones laborales.

En lo que respecta a nosotros, lo interesante es el enfoque nítidamente de izquierdas que revelaban muchas aseveraciones, que veían a Tintín como un militante del 15M o un periodista disidente. Un jovenzuelo que a los 28 años sigue viviendo en casa de los padres y se paga los viajes para denunciar injusticias globales que difícilmente consigue publicar y siempre está a la gresca con los jefes. Poco importa que nunca, más allá de El país de los soviet, veamos a Tintín hablar con un editor. Es lo que esperamos de él en base al resto de sus actuaciones de boy-scout asexuado.

Se me reprochará de nuevo la calidad de significante vacío de Tintín y el hecho, defendido en estos artículos en varias ocasiones, de que Hergé era cualquier cosa menos un socialista. Pero, y he aquí a lo que quiero ir, lo interesante de esa reacción no coordinada de periodistas castellanoparlantes de todo el globo es cómo ellos procesaban al reportero belga de la ficción: un denunciante de injusticias. Y si denuncia injusticias es, claramente, de izquierdas. Enfrentarse a la URSS de Stalin no es de derechas, es de sentido común. Qué más da Syldavia que Borduria, si las dos acumulan armas de destrucción masiva.

Por provocar un poco: la lectura de Tintín como simple aventura intrascendente para niños lo simplifica. El goce estético y la influencia posterior son evidentes, pero no son lo único. No es una racionalización, es pura constatación. Los fascismos, las dictaduras comunistas, el tráfico de armas, el colonialismo, la carrera armamentística, la Luna… Está todo ahí y se ha transmitido a varias generaciones de lectores, y transmite unos valores positivos que surgen, cuidado, desde el conservadurismo y luego evolucionan. Los lectores del #tintinhoy no han visto nunca a Tintín enfrentarse a un editor, pero creen haberlo hecho, que es lo importante.

Por concluir un poco: separar unas aventuras de otras no es inocente. Las razones narrativas y prácticas son evidentes, pero no puede rechazarse la lectura ideológica porque nos canse o no tengamos ganas de afrontarla. Tintín, si sólo viaja por vicio de vivir emociones, aunque sea evidente que es un adicto, es menos Tintín. Habremos de esperar a las siguientes entregas de la presunta trilogía, si es que llegan, pero ya se anuncian que la segunda será Las Siete Bolas de Cristal, una de las peripecias, todo hay que decirlo, más spielbergianas creadas por Hergé.

Continuará…

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Acerca de Advenedizo

Periodista de un importante diario metropolitano, escritor de fanfictions, extremista político, coleccionista de amenazas de demanda y buen tío en general.

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Esta entrada fue publicada en 15 abril, 2012 por en Uncategorized y etiquetada con , .
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