Continuará…

El vampiro más famoso, más malo y tenebroso

Bram Stoker era un personaje de cuidado. Irlandés e hijo de una feminista, se casó con una ex novia de Oscar Wilde, lo cual ya puede servir para situarlo en su contexto. Se pueden rastrear mil y un rumores sobre su supuesta adscripción a la Masonería o incluso al ramal ‘hereje’ dentro de ésta, La Orden del Amanecer Dorado, pero no existen pruebas de nada de ello más allá de alguna amistad. Antes al contrario, y a pesar de su evidente interés en el ocultismo, Stoker era un racionalista y un liberal firme creyente en el progreso.

Brevemente autor dramático y hasta representante de actores, prácticamente toda la obra de Stoker se centra en el horror, en algunas ocasiones de corte más realista y en otras, como en sus últimas novelas, rozando la ciencia-ficción. Por situarlo entre dos referentes de la época, otros creadores de mitos modernos que casi no han sobrevivido a sus criaturas, Stoker estaba más cerca de Wells que de Conan Doyle.

Cuando Bram Stoker se puso manos a la obra para adaptar a la mentalidad victoriana el mito vampírico de Europa del Este, lo hizo ligando a su protagonista, el más célebre de todos los vampiros, con un personaje histórico: Vlad Tepes, también llamado Vlad Dracul (‘hijo del dragón’, en referencia a su padre). No fue conde, que se sepa, ni llevaba capa ni bebía, tampoco que se sepa, la sangre de sus enemigos, aunque sí tenía una costumbre algo extravagante que ha hecho que pase a la historia con el temible y explícito sobrenombre de ‘El empalador’. Cambio de registro: hace varios años, el genial Berto Romero y su grupo El cansancio hicieron referencia al mito del rumano con una clara expresión: “y es que, claro, cuando uno tiene estas aficiones la gente, quieras que no, lo comenta”. Pues eso.

La ironía está en que la orden de los Dracul, a la que pertenecía el príncipe de Valaquia, que vivió en el siglo XV, tenía como objetivo proteger la cristiandad en Europa. De las víctimas de Vlad (otomanos, la mayoría), su número oscila entre 4.000 y 20.000, según las fuentes. Pero vamos a lo importante: la fecha de su muerte es desconocida (en torno a 1477), así como su lugar o el de su tumba. Pero se dice que uno de sus enemigos lo decapitó y se llevó su cabeza a Constantinopla como trofeo, así que, al menos, en ese sentido, podemos estar tranquilos

Volviendo a la novela de Stoker (una de la docena que escribió el autor), Drácula resultó revolucionaria en la forma para su época. Recursos que se iban a combinar 30 ó 40 años más tarde presentándolos como innovadores ya estaban allí, como la construcción con diferentes narradores a partir de diferentes documentos. No es que el recurso de las cartas o el diario íntimo no se hubiese usado nunca –casi cualquier recurso literario que no usasen los griegos o La Biblia está en Las mil y una noches, punto– , pero en el género gótico que paladeaba aquí nuestro amigo nunca se habían combinado, y menos con ese abuso elegante de la elipsis.

En cuanto al contenido, de sobras conocido, no hace falta subrayar toda la carga de miedo al otro, de lucha entre el aristócrata caduco centroeuropeo y los burgueses británicos, y sobre todo, de sublimación erótico y aparente prevención contra la mujer liberada, todo ello entendible en el contexto victoriano pero que matiza la experiencia vital del autor, que muy probablemente se lo tomaba más a guasa de lo que parece visto desde nuestra perspectiva. Con todo, y más allá de que a más de un lector el final le resulte anticlimático, Stoker le echó algo de imaginación y se inventó cosas como la de la alergia al ajo. Y en su vida pisó Centroeuropa, ya puestos.

Pese a todo, Drácula no es, ni mucho menos, el primer libro sobre vampiros, aunque sí es con diferencia el más famoso y el que asienta las bases de lo que hoy se considera el canon: los ajos, la decapitación, la estaca en el corazón y todo lo demás, incluyendo la habilidad para convertirse en niebla o en lobo, que no ha sido tan explotada. Uno de los primeros es Polidori, con su historia corta El vampiro, que surgió, por cierto, de aquella célebre reunión nocturna en la Villa Diodati, a la que los amantes de la literatura de terror tenemos tanto que agradecer, ya que de ella nació también Frankenstein, si atendemos a la leyenda. Su Lord Ruthen fue el primer en introducir ese elemento de seducción de los vampiros, que tanto se ha explotado. Posteriormente llegaron La morte amoreuse de Gautier, el vampiro Varney, de Rymer, y la Carmilla, de Sheridan LeFanu, anterior a Drácula en 25 años, y que introduce algunas referencias a la sexualidad lésbica de la protagonista que han sido, posteriormente, muy imitadas.

Después llegó Drácula, y tras él, el mito del vampiro quedó configurado de manera definitiva. Sin embargo, desde los años 80 del pasado siglo los vampiros han regresado a la literatura y se han hecho un hueco importante gracias a autores que han tratado de reescribir el canon. Fenómenos como Crepúsculo aparte (en los que el canon no es reescrito, sino directamente violado; de la condición vampírica queda sólo la inmortalidad, puesto que incluso la sed de sangre puede ser controlada; en cualquier caso, sobre este fenómeno hablaremos en próximas entregas), hay tres ejemplos importantes. Las crónicas vampíricas, de Anne Rice, es el primero, y en ellas se actualiza la figura del vampiro de la manera más brusca posible: convirtiéndolo en una estrella del rock. Rice recupera el homoerotismo de LeFanu y lo lleva al extremo, hasta el punto de que su saga se convierte, finalmente, en literatura erótica de mala calidad con escasos fragmentos de terror. Pero ah, qué buenas fueron las dos primeras entregas, con sus plantaciones decadentes en Nueva Orleáns y su Teatro de los Vampiros. Más tarde llegó La historiadora, de Elizabeth Kostova, que convierte el argumento de Drácula en trama detectivesca. Y, para terminar, está la vuelta de tuerca mayor: Drácula, el No Muerto, escrita por Ian Holt y (je) Dacre Stoker, bisnieto del autor original y firme defensor, imaginamos, de la creencia según la cual el talento literario es genético. Esta “segunda parte oficial” retoma la acción de la primera doce años después, y cuenta con una secundaria de excepción: la condesa Bathory, otro personaje histórico de sangrientos hábitos.

Drácula llegó a la gran pantalla en 1922 de la mano de F.W. Murnau y su Nosferatu, una película (muda, por supuesto) de una hora y media a la que le sobran, mínimo, 30 minutos (y el que no esté de acuerdo que venga y me lo diga a la cara). Tanta parsimonia resulta cargante para un espectador del siglo XXI, que pese a todo no puede menos que admirar esta transliteración de la obra de Stoker que, por problemas de derechos, no se llama Drácula, pero es prácticamente en lo único que difiere de la novela.

Su protagonista, el berlinés Max Schreck, está rodeado de un halo de una leyenda que, como todas, a poco que se indaga se desmorona. La inverosímil naturaleza vampírica de este actor sirvió, no obstante, de base para una película relativamente reciente. La sombra del vampiro (E. Elias Merhige, 2000) recrea el hipotético rodaje de este clásico partiendo de la base de que Murnau (interpretado por John Malkovich) contrata a un auténtico vampiro para dar autenticidad a su largometraje. Mucho antes de que se estrenara este cuando menos curioso film, en 1972, Nosferatu volvió a los carteles con Bruno Ganz y Klaus Kinski, esta vez sí, como Jonathan Harker y conde Drácula.

Personaje éste último al que han dado vida (por así decirlo) muchos actores, entre los que destaca Bela Lugosi, todo un personaje por sí mismo. Lugosi –que protagonizó la primera versión ‘oficial’ de la novela en 1931– tenía poco que ver con Nosferatu, respondiendo a un modelo de vampiro ‘galán’, elegante y engominado, muy acorde con la época. Christopher Lee (en un número incontable de ocasiones desde 1958) o Gary Oldman (en el Drácula de Bram Stoker de Francis Ford Coppola) son algunos de los que han encarnado a este chupasangre, mil veces versionado (Jesus Franco también usó a Drácula en algunas de sus películas) y mil veces parodiado, como no podía ser menos. Prueba de ello son Leslie Nielsen (estrella de Dracula: dead and loving it) y Chiquito de la Calzada y su Brácula de Condemor.

Por supuesto, no sólo de Drácula vive el hombre, y el cine no se ha limitado a adaptar, versionar, parodiar y destrozar, sino que ha usado hasta la saciedad el mito del hombre (o mujer) murciélago, dándole una y mil vueltas, estirándolo hasta lo inimaginable, abandonando el tema y volviendo a él una y otra vez de todas las formas posibles. Así, hemos visto a niñeras vampiro, novios de madre vampiros, Eddie Murphy vampiro, Antonio Banderas vampiro… y cazavampiros de todas formas y colores posibles: Jesucristo Cazavampiros (antecesor deAbraham Lincolm cazavampiros, y sí, va en serio), Blade (el ‘vampiro bueno’ que salió de los cómics) y, entre otros, Van Helsing cazavampiros, una aberración que no salva ni el hecho de que su protagonista sea Hugh Jackman.

Todo esto para llegar a los ‘vampiros gusiluz’ de Crepúsculo (o, como preferimos en ciertos círculos, Cerpúsculo, que suena como más ofensivo). Vamos a ahorrarnos ahondar en el asunto para no herir sensibilidades. Independientemente de los odios y pasiones que despierta esta saga, lo que está claro es que es responsable en buena medida de que estén de moda de nuevo los vampiros, en este caso, tolerantes al sol, como el detective-murciélago de Moonlight, una serie que, pese a sus planteamientos… innovadores, tenía su punto. Una pena que la huelga de guionistas de 2007-2008 la condenara a estar en antena sólo una temporada.

Hablando de series, no podemos olvidarnos de Buffy cazavampiros (una de esas cosas que ganaría mucho sin el personaje cuyo nombre va en el título) y su spin-off Angel, pero obviamente no son los únicos ejemplos de productos televisivos con vampiros como protagonistas o co-protagonistas (un ejemplo, Mona la vampira, una serie de animación canadiense con una niña de imaginación desbordante como centro de las historias). De hecho, como en el cine, últimamente han proliferado las series como chupasangres en primera línea: Crónicas vampíricas (nada que ver con Rice. Son historias de vampiros e institutos), True Blood (que empezó con un argumento más o menos realista, siendo muy permisivos, en el que los vampiros eran una minoría marginada más, como los negros o los homosexuales, pero que en los últimos tiempos está siendo objeto de grandes idas de olla por parte de los guionistas), Casi humanos (protagonizada por una fantasma, un vampiro y un hombre-lobo…), etc., etc. Muestras de hasta dónde llega el furor por los bebedores de sangre, que no tenemos en la sopa pero sí en helados y caramelos.

Akumajō Dorakyura. Éste es el titulo original con el que se estrenó en 1986 la saga de videojuegos japonesa Castlevania, puesto que este sector tampoco se ha librado de la plaga vampírica. Su traducción vendría a ser ‘el diabólico castillo de Drácula’, pero ya sabemos cómo se las gastan los traductores en éste nuestro país (sin acritud). La historia narra la eterna lucha de la familia Belmont, y sus descendientes por derrotar a Drácula cada vez que resucita.

En Castlevania solamente se toman prestadas de la novela de Stoker las figuras vampíricas para mezclarlas con otras criaturas mitológicas y crear así un pastiche de monstruos que parecen sacados de las pelis de la Hammer, con los vampiros como maestros de ceremonias. Así, en su última entrega, ‘Lords of Shadow’, del estudio español Mercury Steam, tenemos hombres-lobo, goblins, trolls, zombies, chupacabras, titanes… si bien Drácula no aparece (hay un pequeño guiño hacia su figura al final del juego) y en su lugar tenemos a Carmilla, como ya hemos dicho, otra vampiresa de renombre.

Por Cpt. Flint Baker, Drender, El Advenedizo y Penny Clesse

Continuará…

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Esta entrada fue publicada en 20 abril, 2012 por en Uncategorized y etiquetada con , , , , , .
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