Continuará…

De pequeño hasta el diablo era bonico

Firma invitada: Ciudadano V.

Desde que se presentara como aquel anciano que tentó a Cristo en el desierto el Diablo se nos ha manifestado de cientos de formas. En contra de otros artículos, quizás más periodísticos, me propongo intentar realizar una pequeña enumeración comentada de cinco encarnaciones, tan contradictorias como el mismo personaje, del Diablo en la literatura universal:

1. El monstruo atascado (La divina comedia, 1304-1321).

Quizás esta sea la encarnación menos halagüeña del Príncipe de las Tinieblas. Cuando Dante habla del Diablo se refiere a un ser repugnante, enorme, tricéfalo, de extrañas alas triples de murciélago, baboso, lloroso… vamos lo que viene a ser un Gormiti de esos que les gustan ahora tanto a la muchachada de hoy en día. Este pobre Diablo pasa la eternidad atrapado en el hielo sin otra cosa que hacer que mascar a Judas, Bruto y Casio como si fuesen un palulú. Tan poco imponente resulta este príncipe de las tinieblas que, en determinado momento y en un acto que no se podría definir más que como barbarismo dominguero, Virgilio y el propio Dante llegan a usarlo para trepar sobre él alegremente.

2. El héroe romántico (El paraíso perdido, 1667).

En completa contraposición al diablo dantesco, (y quizás sea la primera vez que muchos leéis la palabra dantesco en un contexto adecuado teniendo en cuenta su actual uso como adjetivo embellecedor intelectualoide), Milton presenta al Diablo como un general derrotado guiando a sus huestes metrosexuales por el Caos y sin que se le despeine ninguno de sus perfectos rizos. Recita, comanda, es un rebelde sin causa. Éste es sin duda el diablo que tendrían las niñas de 12 años en sus carpetas al lado de Justin Bieber y ese hombre lobo de Crepúsculo que no sabe lo que es una camiseta.

3. El ligue con sorpresa (El diablo enamorado, 1772).

En esta encarnación el Diablo se manifiesta como una encantadora y tímida señorita que no para de causar y resolver problemas a un joven Extremeño al que parece que toma como su amo. [A partir de aquí peligro de spoiler (si se pueden considerar spoilers las sorpresas escritas en obras con doscientos cuarenta años)]. Sin duda en esta obra se usa a un Diablo como referencia a algo que pasa a menudo en las noches españolas, y vaya usted a saber si en las de otros países. Chico conoce cara gigante de camello, chico bebe suficientes copas para que la cara gigante de camello se convierta en una mujer hermosa y pasa un viaje fantástico con ella, mujer hermosa vuelve a ser la cara gigante de camello, para vergüenza del chico y sorna de los amiguetes que se enteren.

4. El colega (Fausto, 1806-1829).

Me gusta referirme en concreto al Mefistófeles de Fausto porque nunca he podido entender el Fausto de Goethe sino como un remake literario de La trágica historia del Doctor Fausto (1592) de Christopher Marlowe, con más chistes y explosiones, como todos los remakes. Cuando leemos al diablo de Goethe nos encontramos con un tipo simpático de aspecto animal y cambiante que acompaña a Fausto lo mismo a un aquelarre que a una verbena griega o a la coronación de un emperador. Siempre entre ocurrencias y chanzas, como un buen compañero de juerga, guía a Fausto a los mejores sitios y le ayuda a ligarse a las chicas más guapas. Mefistofeles es ese amigo cabrón con el que uno se lo pasa bien pero del que sabes que no te puedes fiar.

5. Tú mismo (El Exorcista, 1971).

Seamos francos: los niños dan miedo. Tienen las manos pequeñas, voces chillonas, son capaces de comer golosinas que nosotros no podemos y pueden estar delante de la tele sin hablar más tiempo que un fan de Perdidos (si es que el final de la serie dejó a alguno con vida). Es difícil deshacerse de la imagen de la niña con la cara verde que se mea en medio del cóctel y vomita de forma copiosa entre insulto y “mira lo que hace la puta de tu hija” al pensar en esta encarnación del Diablo. Este estereotipo de criatura infantil (que quizás sea tratado en otro artículo) maquilla, en mi opinión, lo realmente aterrador de esta estupenda novela, el hecho de que el demonio sea una fuerza imparable que puede no solo entrar dentro de cualquiera de nosotros e influirnos, sino controlarnos y dejarnos tan indefensos como una niña asustada.

Así terminan estos cinco Diablos de la literatura. Podéis votar a vuestra encarnación del Diablo favorita a través de cualquier urna que os pongan delante en las diferentes elecciones europeas, nacionales, autonómicas, locales, primarias, sindicales, asociativas, colegiales, de delegados… vosotros elegís, que para eso lo llaman democracia.

Continuará…

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Esta entrada fue publicada en 17 mayo, 2012 por en Uncategorized y etiquetada con , , .
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