Continuará…

Deus ex machina S. XXI: esquizofrenia y personalidad múltiple

Fueron los griegos los que lo inventaron, como casi todo. Me refiero al recurso narrativo del deus ex machina, expresión que se refiere al hecho de que, en una narración de cualquier tipo, sea literaria, dramática o audiovisual, hacer aparecer al final de la historia un recurso de carácter más o menos sobrenatural que resuelve la historia. El uso de este término es válido cuando esa resolución procede, por así decir, de algún tipo de explicación que los autores se han sacado de la manga, y que no guarda relación aparente con la historia que se nos estaba contando. Si el final de una historia es sorprendente, pero, de alguna manera, los autores nos han dado pistas a lo largo de su desarrollo (una técnica narrativa que se llama “diseminación recolectiva”) de que los tiros podían ir por ahí, no pasa nada, se trata de una resolución perfectamente válida. Pero cuando, de repente y sin aviso de ningún tipo, un elemento externo al universo de la narración en la que nos hallamos inmersos aparece y resuelve la historia, entonces nos hallamos frente a un clarísimo deus ex machina.

En la antigüedad clásica, este recurso fue así bautizado de manera literal: “dios desde la máquina”, puesto que los complejos argumentos se resolvían gracias a una deidad del panteón griego que descendía, gracias a un complejo sistema de arneses (la máquina) y revelaba a los protagonistas lo que necesitaban saber, cambiaba las situaciones para que se resolvieran favorablemente, juzgaba benévolamente a los protagonistas… Hoy en día, los deus ex machina se han vuelto algo más complejos y sofisticados. Algunos son muy burdos y evidentes (“Los Serrano era un sueño de Resines”), otros están bien disimulados y otros, como el que aquí me ocupa, son recurrentes en el tiempo y llegan a ponerse de moda (existen las modas cinematográficas, como la apocalíptica, o la de las invasiones extraterrestres, que ahora atravesamos con mayor o menor fortuna: Cloverfield, Super 8, Skyline (¡puaj!), Extraterrestre, Attack the block, Battle L.A., …). Me refiero al recurso de la esquizofrenia, que en tantas y tantas películas recientes hemos visto utilizada como mecanismo fácil para resolver un argumento enrevesado. Huelga decir que lo que sigue está llenito de spoilers…


¿Qué historia decías que me estabas contando?

Por supuesto, la más famosa película en utilizar este recurso fue Una mente maravillosa (A beautiful mind), el equivalente a El sexto sentido en sentar cátedra en cuanto a formas narrativas que después se repetirían. Todos conocemos, tras esta película, la historia del socialmente inadaptado matemático John Nash, posteriormente galardonado con el Premio Nobel. Más allá de la magnífica banda sonora de James Horner, una de las escenas sobre teoría matemática más divertidas que recuerdo, o de las omisiones y edulcoradas visiones sobre su biografía que nos ha dado Hollywood (¿pero por qué dejar que la verdad estropee una buena historia?), el principal problema de esta película es que, para un público no familiarizado con el personaje, la esquizofrenia irrumpe de repente y modifica por completo la historia que se nos estaba contando, que pasa de tratarse de un retrato de un personaje curioso a un film de misterio y conspiraciones, para acabar como un drama bastante sensiblero. Lo bueno de Una mente maravillosa, su acierto y lo que la aleja de las tramas de misterio que se sucedieron después sin criterio alguno, es que sí que nos da pistas, sí que tiene un cierto desarrollo lógico que nos permite, al menos, dudar de lo que está pasando, o, al menos, darnos cuenta al final de que algo deberíamos haber intuido, desde el aspecto físico del personaje a… bueno, a esto:


El asesino era… yo

5 negritos, tiene la loba...

5 negritos, tiene la loba…

A raíz de este más o menos ilustre precedente, y bebiendo con grandes distancias de una de las mejores novelas de Agatha Christie, que asienta las bases de la narración falseada en convertir al personaje protagonista en asesino (si NO QUIERES que te estropee el final de, como decía, una de sus mejores novelas, NO PINCHES en este enlace), numerosas películas que utilizaban la esquizofrenia, cinematográficamente entendida y a veces mezclada con el síndrome de personalidad múltiple, o traducida sencillamente en “esto no es real, el personaje se lo imaginaba todo”, comenzaron a surgir, convirtiendo el inicial golpe de efecto en un truco que invalidaba toda la película anterior. Porque, ya está bien, a quién queremos engañar. Si todo era mentira, ¿cómo va a importarme? Posteriormente, surge una variante más, con rasgos propios, en la película de misterio. Hasta tres ejemplos se me vienen a la cabeza: Identidad, El número 23 y más recientemente Detrás de las paredes. Todas tienen algo en común: un asesino que no sabe que lo es. La primera, mucho más burda, es una especie de Diez negritos malogrado, en el que la inverosímil historia (varias personas con la misma fecha de nacimiento y otros elementos en común, todos igualmente bizarros, se encuentran en un motel de carretera y, claro, empiezan a morir de maneras ingeniosamente desagradables) recurre al truco de la personalidad múltiple. Al final todo era mentira, de nuevo, y la historia que a duras penas hemos visto ha sucedido en realidad en la mente de un asesino en serie mentalmente enfermo (valga la redundancia).

¿A quién hay que matar para que me den un Oscar?

¿A quién hay que matar para que me den un Oscar?

Algo más estructurada, bastante más predecible y más cansina, por sus pretensiones, es El número 23, protagonizada por un Jim Carrey que aún intentaba escapar de su destino (mucho mejor estuvo en I love you Philip Morris, que casi nadie vio). Bajo la premisa (¿?) de que todos los grandes acontecimientos trágicos de la historia han estado de alguna manera relacionados con el número 23, nos encontramos con una trama de misterio en la que un personaje se encuentra con un libro acerca de un personaje (sic) que se obsesiona con estas coincidencias, hasta acabar cometiendo un asesinato. Finalmente, y por supuesto (quién lo dudaba…), descubrimos que Jim Carrey era el asesino. De hecho, entre crimen y cálculo él mismo escribió el libro, fue internado, se curó, lo olvidó todo, se casó y se encontró con su propio libro. ¿Alguien ha exclamado “qué enorme casualidad”? El problema no está sólo en la enorme inverosimilitud de la propuesta, que como entretenimiento todavía podría valer, sino en que encima, nos están engañando. El número 23 no tiene ninguna importancia en la trama, es un mero pretexto para presentar otro caso de El asesino era yo, y ni siquiera me acordaba. Posteriormente una película más reciente, traducida en España como Detrás de las paredes, me parece que sigue la misma premisa. No la he visto, pero juzguen ustedes mismos por el tráiler. Lo bueno es que parece que aquí nadie intenta engañarnos.


Así sí…

Entre todas esas tramposas historias de misterio hay una que sí tiene interés, por varios motivos: Ventana secreta, dirigida por David Koepp. En primer lugar, esta basada en una novella de Stephen King, Secret window, secret garden. La historia es la siguiente: el escritor Mort Raney-Johnny Depp está recuperándose de su traumático divorcio en una aislada casita en el campo, cuando un misterioso y muy sureño John Turturro (Shooter) aparece en su puerta y comienza a acusarle de haberle robado una historia. Trouble ensues. Aparte del alarmante número de historias cortas o novelas de Stephen King que están protagonizadas por escritores que, de un modo u otro, se vuelven locos, (alguien debería hablar con ese hombre), es una película interesante.

Para empezar, no se nos engaña. La progresión es relativamente lógica, nunca confiamos del todo en la salud mental del prota, y hay pistas a lo largo de toda la historia de lo que puede estar pasando (el juego de espejos…). El mismo trailer nos da una de ellas constantemente (“lo importante es el final, lo importante es el final”; en este caso, el final no destruye lo que hemos visto, sino que le da un nuevo sentido), e incluso el título, que con algo de retintín alude a esas “ventanas secretas” en la mente del escritor.

Pero es que además la historia es buena. Ya lo era en la versión escrita, pero, algo muy raro en mí, me inclino más por la película, que tiene un final mucho más valiente, y acaba como tal vez debería haber acabado la novella. Para empezar, King añade algunos (muy pocos) elementos sobrenaturales, mientras que en la película toda la responsabilidad recae sobre Mort Raney, y es, hasta cierto punto, realista. En fin, no os voy a contar el final. No, no os lo he estropeado. Aún podéis sorprenderos.


¿Cuál es la conclusión? Que los deus ex machina son aceptables, siempre que A) No tomes al espectador por inepto y B) Me des pistas. Sí, pistas. Incluso en el Sexto Sentido hay pistas, y si no me creéis atentos al estratégico plano de Bruce Willis en el minuto 1:03 de este vídeo. ¿Casualidad? No lo creo.

El problema está en cuando este recurso, que en alguna ocasión fue original y ya no puede estar más visto, se utiliza para resolver una trama que, o “es un sueño”, o “pasó en tu mente”, o eso no hay dios que lo cierre. Es sólo un truco narrativo, muchas veces injustificable, que acaba cabreando al espectador. El primero de muchos. Avisados quedáis.

Continuará…

 

Cpt. Flint Baker

cpt.flint.baker@gmail.com

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Esta entrada fue publicada en 2 julio, 2012 por en Análisis y etiquetada con , , , , , , .
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