Continuará…

La Montaña Televisiva de la Locura: el antihéroe trastornado como recurso narrativo

En un post anterior os hablé de un recurso narrativo muy común en la actualidad, consistente en una recuperación del clásico deus ex machina basado en casos de doble personalidad, esquizofrenias, saltos en la memoria y Williams Wilsons varios, todo ello ilustrado con ejemplos de la cinematografía norteamericana actual. En este caso me centro en otro recurso narrativo de moda, cuyas causas se me escapan, pero cuya frecuencia creciente es innegable, y que se puede observar, en este caso, en otro discurso: el de las series de televisión de los últimos cinco años, en las que se encuentra, a mi juicio, la verdadera innovación de la narrativa audiovisual (y no sólo audiovisual) actual: la presencia de personajes protagonistas aquejados de algún tipo de trastorno psicológico.

¿No os habéis fijado nunca? ¿No os parece extraño?

En este caso, el recurso que se recupera es el del antihéroe, un tipo de personaje que sólo desde mediados del siglo XX, creo, se convierte en el verdadero protagonista. Un tipo de personaje muy adecuado a nuestros días. Dejadme que me detenga un instante para definirlo.

Según la Real Academia Española de la Lengua, a quien acudo en caso de necesidad y ante la imposibilidad de consultar mis libros de Joseph Campbell, un antihéroe es, sencillamente, el personaje de una obra de ficción que “aunque desempeña las funciones narrativas propias del héroe tradicional, difiere en su apariencia y valores”. Bien, pues, ¿cuáles son esas funciones propias del héroe tradicional, que suele interpretar el rol de protagonista? De nuevo, precariamente, acudo a la RAE, que no nos da más detalles y, ciertamente, ninguna información útil: personaje protagonista, hombre que desempeña una acción heroica, varón ilustre. Excesivamente parco y excluyente, no me sirve. Sin paciencia ni tiempo para detenerme en tratados de simbología y narrativa, tiro de memoria para definirlo: el héroe lleva a cabo la acción principal, realiza un viaje narrativo, suele estar definido, en la narrativa clásica, por sus buenas intenciones, su proceso de crecimiento, su apariencia física agraciada.

El problema es que eso ya lo hemos visto, no una sino mil veces. Ante esto, el antihéroe se caracteriza por rasgos mucho más atractivos o apropiados para la época postmoderna (o post-postmoderna) en que vivimos: se guía por unos valores propios que pueden no ser honorables, sus intenciones no son necesariamente buenas, sus métodos tampoco. Para que nos entendamos, D’Artagnan es un héroe, el Capitán Alatriste un antihéroe. El antihéroe lo es por los rasgos del propio personaje, por el acercamiento paródico del narrador hacia él, por su profesión…

Los antihéroes son, frecuentemente, mucho más interesantes que los héroes

Los antihéroes son, frecuentemente, mucho más interesantes que los héroes

Ahora, en el tercer milenio, en que ya lo hemos visto todo, lo hemos leído todo y, unos más que otros, lo experimentamos todo antes y más intensamente que las generaciones precedentes, los héroes clásicos han dejado de tener interés. Es ahí, en mi opinión, donde está la clave. La serie de televisión es, en este sentido, el soporte perfecto, por su rapidez, su brevedad, y su nivel relativamente bajo de riesgo (si nos hemos pasado cancelamos y ya está). Por ello los guionistas se han decantado por los extremos, por retratar aquellos aspectos de la sociedad y de la mente humana menos conocidos, menos comunes, a veces menos atractivos, lo que sea por mostrar un punto de vista nuevo, una historia interesante, un personaje de construcción original. Los vicios, los trastornos, los comportamientos extremos son la nueva mina de oro narrativa. ¿Queréis ejemplos? Os dejo aquí unos cuantos, desde los más ingenuos (en apariencia) hasta los más extremos:

¿Es Barney Stintson un adicto al sexo?

Pues eso...

Pues eso…

Veamos los síntomas de la adicción al sexo: consumo compulsivo de pornografía, “entrega exacerbada a la sexualidad”, sexo ocasional con desconocidos, vida que gira en torno al sexo… Según la definición clínica, las personas adictas al sexo tienen problemas en su trabajo,en sus finanzas y en sus relaciones personales. Éste no es, realmente, el caso de nuestro Barney, aunque sí podamos observar insatisfacción emocional (check), abandono o ausencia de progenitores en la infancia (check), uso de mentiras para conseguir sexo (check) o reorganización de las actividades diarias para dar cabida a las relaciones sexuales (check). Se trata, sin duda, de una frivolización inconsciente e ingenua de un problema muy serio, nada malintencionado, pero lo suficientemente obvio como para figurar en el último lugar de la lista.

Emma Pillsbury en Glee, o cómo hacer que un trastorno de personalidad sea… mono

Obsessive Compulsive Desorder

Obsessive Compulsive Desorder

Si pensáis que Glee es cursi, ñoña o estúpida estáis muy equivocados. No sólo es fruto de la imaginación de uno de los creativos más interesantes (Ryan Murphy, mente pensante de Nip/Tuck, American Horror Story o la nuevaThe new normal, que estoy deseando ver, sino que además es una de las comedias con más mala leche de los últimos años, mordaz, divertida y con un gran potencial normalizador. Me centro en este caso en uno de los personajes secundarios menos relevantes pero más curiosos: Emma Pillsbury, la orientadora del instituto. Es uno de los personajes que mejor encarna la inmensa ironía que empapa esta serie, ya que a pesar de su rol como pilar de estabilidad psicológica para los estudiantes es una persona traumatizada, aquejada de un grave trastorno obsesivo compulsivo que en su caso se manifiesta en una obsesión por la limpieza y en una casi completa inhibición sexual. Su virginidad y su manía de limpiar la comida dan para muchos chistes en los primeros capítulos, pero como siempre sucede en Glee, su trastorno acaba convirtiéndose en un asunto bastante más dramático, tratado, eso sí, con humor, respeto y tacto.

Gregory House M.D, o cómo aprendimos todos que la vicodina era adictiva

houseVoy a fingir que no estoy completamente harta del doctor House, el lupus, el “todo el mundo miente” y la vicodina, y a centrarme en los inicios de la serie, cuando aún no se había convertido en un discurso absolutamente repetitivo (de hecho, no he visto el final. ¿Se arregla? ¿Vale la pena?). Este trasunto de Sherlock Holmes (elemental, querido Wilson) es el ejemplo más evidente de cómo la adicción a las drogas se ha convertido en un interesante recurso narrativo.

En este caso hablamos de un medicamento, droga al fin y al cabo, y de cómo permite observar todas las consecuencias que se derivan de esta adicción en particular: mentiras, comportamientos extremos y manipulación para alimentar la adicción, cambios de humor, etc. Hay más ejemplos. Pienso en Charlie Pace, de Perdidos, y su interesante desintoxicación a la Locke, pero seguro que hay más. No es el elemento más novedoso, pero había que mencionarlo. Ah, Perdidos, y su interminable catálogo de personajes trastornados…

Tara, de United Status of Tara: el trastorno al servicio del lucimiento de una actriz

Tara y sus alters

Tara y sus alters

Personalmente, este ejemplo me resulta incómodo, porque el estupendo guión de Diablo Cody (Juno), la maestría de Tony Collete como protagonista o los toques de comedia no consiguen hacerme olvidar que lo que se nos cuenta es terrible e insostenible: un caso de trastorno disociativo de la personalidad en una madre y esposa contemporánea, Tara, con todo lo que ello supone para su familia.

Si bien es cierto que el acercamiento inicial es cómico y nos permite contemplar una galería de personajes muy curiosos en las distintas encarnaciones de Tara (la adolescente ruidosa y sinvergüenza T, la ama de casa clásica de los años cincuenta,Alice, o el camionero malhablado, Buck;después aparecen otros: una niña de cinco años, una psicóloga que analiza a los demás alters, los otros…), el fondo es profundamente dramático, más cuando se trata de un trastorno provocado por abusos sexuales sufridos en la infancia por la protagonista.

Fue cancelada en la tercera temporada por sus bajos índices de audiencia, pero se trata de una de las series más valientes de los últimos años.

 

Sheldon Cooper y el síndrome de Asperger

sheldonAl principio era un secundario cómico y, con el tiempo, se ha convertido en el indiscutible protagonista (los demás son sólo un pretexto para su lucimiento, por mucho que me duela) de la serie, gracias en gran parte a la maestría interpretativa del actor Jim Parsons.

Y, por mucho que sus creadores se nieguen a pronunciarse, Sheldon Cooper, el irritante e inesperadamente tierno físico teórico de Pasadena en The Big Bang Theory, es un Asperger de libro, como muestra este interesante vídeo: Ausencia de habilidades sociales, comportamientos repetitivos e inamovibles, ausencia de empatía y reciprocidad emocional, incapacidad para interpretar dobles sentidos, ironías y sobreentendidos, ampulosidad verbal, rarezas del discurso, lenguaje excesivamente sofisticado a una corta edad, baja tolerancia al estrés…

El nuevo Sherlock, o la idealización de la sociopatía

Ausencia de empatía, incapacidad para interpretar los sentimientos ajenos e identificarse con ellos, irresponsabilidad, falta de respeto o de nuevo incapacidad para plegarse a las convenciones sociales, incapacidad para mantener relaciones, agresividad, baja tolerancia a la frustración, ausencia de sentimiento de culpa, manipulación… son algunos de los rasgos que conforman la sociopatía y que, en un arranque de genialidad consistente en exagerar lo ya apuntado por Conan Doyle, los guionistas de la versión de Sherlock Holmes de la BBc han trasladado al personaje protagonista, potenciando rasgos como la asexualidad (casi) y la ausencia de empatía. Si a todo ello añadimos el tratamiento de la drogadicción (sutil pero acertado), se trata de una versión muy interesante, (la más interesante, creo), de este personaje.

El antihéroe que todos estabais esperando: Dexter Morgan, The Dark Defender

Si a todo lo anteriormente descrito sumamos las mentiras patológicas, la ausencia de emociones, la necesidad de estímulo constante ante el aburrimiento (esto también lo experimenta Sherlock), el encanto personal y, en fin, el comportamiento criminal, tenemos a un psicópata. Un psicópata que se ha convertido en uno de los protagonistas más atractivos, paradójicamente, de la televisión reciente, aunque también le va haciendo falta ya dar carpetazo y terminar con dignidad. Por supuesto, hablo de Dexter, el asesino en serie más querido de la tele. Que la sociopatía y la psicopatía están muy cerca en el universo catódico lo demuestran tanto las versiones de Sherlock Holmes que lo convierten en un asesino (muchas, muchas), como la personalidad de Dexter, que se autodefine como sociópata. Escrúpulos morales aparte, estamos ante uno de los personajes más interesantes de los últimos años, porque además de retratar con cierta precisión el día a día (…) de un asesino en serie (…), nos provoca una serie de posicionamientos morales, cuando menos, curiosos.

Y es que es fácil ponerse de parte de Dexter. El simple hecho de conocer su punto de vista nos permite experimentar esa empatía de la que él carece hacia él. Conocemos su historia familiar (en todos los sentidos), el origen de su trauma, sus intentos por llevar una vida, y su constante doblegamiento ante el otro, el oscuro pasajero que habita en él y al que tiene que liberar de vez en cuando, con todo lo de ritualístico que ello implica. Conocemos su excusa (sólo se desahoga con criminales que, efectivamente, se lo merecían, pero mejor no entremos en las peligrosas implicaciones morales de ese razonamiento), y, como decía, nos ponemos de su parte. Lo que implica, 1, que no queremos que le cojan, y 2, que nos oponemos a quienes deben apresarle, dar con él, pararle los pies, detenerle, lo que sea. Personajes como el policía Doakes, a quien su instinto muestra que hay algo que no va del todo bien en el experto hematólogo (sí, Dexter trabaja para la policía), y que, reconocedlo, siempre tuvo razón. Esta serie y sus inteligentes recursos narrativos dan para un artículo o una serie de artículos. A lo mejor me animo alguna vez. Y, sobre todo, son el ejemplo más claro de cómo lo extremo se ha convertido en el alimento de la narración audiovisual contemporánea.

De nuevo, se trata sólo de una selección del amplio catálogo de comportamientos extremos que podemos observar, muchos de ellos insertos en contextos cotidianos: ¿queréis tráfico de drogas? Ahí tenéis Breaking Bad y Weeds. ¿Adicción al sexo más allá del inocente retrato que de ella hacen en HIMYM?, Californication. ¿Comportamientos delictivos a gran escala? Los Soprano. ¿Poligamia? Big Love. Más allá de la perspectiva de la ciencia ficción mística, Gaius Baltar (Battlestar Galactica) es un esquizofrénico con aires de grandeza. El protagonista de una comedia de éxito como la reciente Wilfred, Ryan, interpretado por Elijah Wood, es un suicida frustrado que muy bien no debe estar cuando ve a su perro como un australiano de metro ochenta porrero y enfundado en un traje de peluche. En fin, hay muchos más…

En cualquier caso, esto es lo que hace a la narrativa interesante actual, y lo que la ha hecho siempre fascinante, la capacidad, la posibilidad de vivir muchas vidas, en este caso vidas que probablemente no querríamos experimentar, pero que sin duda queremos conocer.

 

Continuará…

 Cpt. Flint Baker

cpt.flint.baker@gmail.com

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