Continuará…

El montaje del director

Watchmen (2009), de Zack Snyder, la película, es una reformulación de derechas del original. O conservadora, como prefieran ustedes formularlo. Lo es porque reconstruye, a partir de los mismos elementos, un mensaje que invita a conclusiones conservadoras, opuestas completamente a las que ofrece el tebeo. Y tiene, además, otro problema. Terry Gilliam ya quiso dirigir la adaptación y no pudo, así que la pregunta de ‘¿qué habría echo Terry Gilliam con este argumento?‘ es obligada y catastrófica.

Más allá de la dirección de Snyder, que tiende a espectacularizar un tebeo que en su plantamiento original pretendía ser romo a base de imitar –que no calcar– el estilo de dibujo y parte del diseño de los años 40 –que no el estilo narrativo–, en la opinión de este humilde juntaletras Ozymandias y Búho Nocturno son personajes clave en la interpretación de la película. La relación entre ambos y con el espectador son marcas discursivas que tenemos que analizar para comprender la reformulación que supone la película. Rorschach también se lleva su carga, pero es mucho menos sutil, más directa. Más 300. Parece hecho a propósito.

Ozymandias es claramente hipócrita, decadente, ecologista y gay, nos trata con condescendencia –porque somos Búho Nocturno–. No existen los grises de su versión original, es que es malo y tonto, y punto. En el tebeo, Búho es una persona “normal” a la que la situación lo sobrepasa. En la película, Búho es “guay”. En el tebeo, Espectro de Seda se queda con él porque lo quiere por ser normal, una persona con la que puede comunicarse abiertamente. En la película, se lleva a la chica por ser guay. No es ninguna tontería. Es el mismo problema de la adaptación al cine de Kick-Ass, pasan de “ser superhéroe en la vida real sería jodido” a “qué guay es pegar a los malos”.

Porque en el caso de Búho Nocturno, tanto Snyder como Patrick Wilson, el actor, interpretan bien que es la encarnación del punto de vista de los lectores –y no Rorschach, que está loco y es una fantasía oscura, o Manhattan, que es Dios y es una fantasía de poder–. Hasta que llega el momento de la revelación –sí, son los trajes, y lo ponen como una moto–, Wilson calca la interpretación clásica de Clark Kent que nos regalase Christopher Reeve en Superman de 1977, es de suponer que a conciencia.

En el libro, la esencia de Dan Dreinberg está en su artículo sobre pájaros:‘Sangre en el hombro de Palas’. Cuando nos ponemos a medir el perímetro las alas en lugar de observar la combinación de los colores de las plumas, perdemos visión de conjunto sobre la belleza del ave. Sustituye al pájaro y la medida de sus alas por el número de viñetas, piensa en Si una noche de invierno un viajero… de Italo Calvino, y en Lotaria, la hermana de la lectora, y su empeño en reducir los libros a colecciones de palabras. Una lección que Moore no se ha aplicado a sí mismo en retrospectiva.

El problema es que Snyder no se contenta con dejar a Dan como la persona normal que se maravilla ante la épica, pero que queda reducido a la nada frente a los auténticos ‘supers’, el Doctor Manhattan y Ozymandias; o el hombre corriente que conoce la sordidez en la que se mueven los vigilantes como Rorschach o El Comediante, pero prefiere evitar o, directamente, fingir que no existe.

Snyder, o su intención, necesitan que Dan ‘gane’, no sólo llevándose a la chica –en lo que es superior a Manhattan, claro, pero porque este ya ni siquiera es humano, para Laurie es imposible relacionarse con él–, sino también a nivel discursivo. De ahí que añada a la escena final en la Antártida esas dos intervenciones suyas que no estaban en el tebeo: su ridícula asistencia pasiva a la muerte de Rorschach y la aún más ridícula “paliza” a un Ozymandias que ha demostrado que puede vencerlo cuando quiera.

¿Se supone que tenemos que entender que Adrian está derrotado por la atrocidad del crimen cometido, que ha comprendido tras las últimas palabras de Jon, y por eso se deja pegar? ¿Qué la justa indignación de Dreinberg -provocada por la muerte de Rorschach, más que por la catátrofe, además- lo sobrepasa? En el tebeo, Ozymandias no se arrepiente de su camino al infierno empedrado de buenas intenciones, pero su derrota queda plasmada en cómo Manhattan, ya completamente un Dios que piensa en crear vida por su cuenta, lo deja con la palabra en la boca, desvelándole la futilidad de romper con la espada los nudos gordianos: “Nada acaba nunca”.

Esto es relevante porque el enfoque de Adrian está marcado por cómo Snyder se recrea sin vergüenza alguna en todas las referencias culturales que, o bien estaban en el tebeo, o se las han añadido las lecturas posteriores. La música de Bob Dylan o La cabalgata de las valkyrias acompañando al Doctor Manhattan en Vietnam, son dos muestras. Y la sala de crisis del Pentágono, donde se decide el destino del mundo, aunque sabemos que es la misma, más que remitir a la del tebeo, tiene una ambientación sacada directamente de ¿Teléfono Rojo?: Volamos hacia Moscú. Incluso en los chistes incómodos.

Es ahí quizás donde más interesante resulta la película, cuando no es un calco directo del tebeo. Los momentos que copian viñetas no tienen más remedio que parecer paródicos y acartonados, como lo resultan algunos de los peinados, o ese Nixon que parece un guiñol antes que un personaje.

(Nota: En sus adaptaciones de X-Men y Batman, Bryan Singer y Christopher Nolan marcaron un camino de la verosimilitud narrativa más alejado del calco que ha funcionado mucho mejor: lo que no queda ‘realista’ en pantalla no se adapta y punto, por eso Tormenta no vuela ni el Hombre de Hielo se transforma en un muñeco de nieve en movimiento. De lo que se tratará luego es de que la propuesta conceptual se respete según el medio al que se da el salto. Snyder se confunde al intentar exportar el modelo 300, allí el calco funcionaba porque no se trataba de adaptar la Batalla de las Termópilas, sino la particular de visión de la misma de Frank Miller).

Por eso es tan relevante que todo lo que rodea a Ozymandias pretenda parodiar a la especie de Steve Jobs con superpoderes que se supone que es. Implícitamente gay y socialista, es un traidor y un asesino a sangre fría manipulador. ¿Lo era el original? Si, más o menos igual de psicópata que Rorschach, pero desde la otra perspectiva. Al fin y al cabo, ambos pretenden salvar el mundo, y recorren el manido camino al infierno empedrado de buenas intenciones, aunque Rorschach acabe resultando mucho más honesto.

Pero el cinematográfico no. Este es malo, así que los magnates del petróleo a los que mata son buenos, o al menos víctimas de un megalomaníaco. Los abronca y amenaza, y luego los tirotea el pistolero que ha contratado para fingir su propio intento asesinato. De hecho, se cubre con al menos dos de ellos, usándolos como escudos humanos, dejando claro que no tiene respeto ninguna por las vidas de aquellos a quienes desprecia, ya que en última instancia utiliza a esos rivales económicos para protegerse de sí mismo.

Así, Ozymandias brinda por los faraones y compara a los físicos que le han ayudado a construir el ‘motor Manhattan’ con los sirvientes a los que se enterraba cuando se acababa la pirámide. A esas alturas de la película, Rorschach ya es un protagonista de Sin City, un héroe duro pero de buen corazón que se enfrenta a los poderosos en un mundo amoral. Rorschach, por los cambios en el villano, acaba convertido en su propia e irreal autoimagen de héroe crepuscular. Cosa que no debería pasar, porque Rorschach está loco y no es un ejemplo a seguir. Se supone.

Por supuesto, que Rorschach sea percibido como heroico en un sentido ejemplar no era la intención última del original, es una lectura superpuesta. Porque Snyder está más cerca de Miller que de Moore, aunque los haya adaptado a ambos. En el tebeo, empiezas odiando a El Comediante y sintiendo escalofríos con Rorschach. Cuando acabas, al menos les reconoces cierta honestidad, sobre todo al segundo. La película lo asume rápidamente como el héroe.

Así, en su “capítulo”, Rorschach le reprocha al psicólogo que tenga “sensibilidad liberal”. Además, el secuestrador de la niña, en su escena epifánica con los perros, le suplica con un “lo confieso, arréstame, tengo un problema, necesito ayuda, arréstame” y Rorschach, más The Question que nunca, le espeta: “A los hombres se los arresta, a los perros se los sacrifica”. Son diálogos que no están en el tebeo, que se añaden para la película, igual que se cambia la muerte del secuestrador y la ‘epifanía’ de Rorschach del hachazo al perro al hachazo al hombre. Así que no es una elemento gratuito, es un inserción consciente y deliberada y que tiene una interpretación obvia que no podemos intentar ignorar porque no nos apetece.

Aunque quepa aplicarle este análisis a cada personaje por separado, es igual de interesante si se atiende a otros detalles de dirección o de guión. Entre los primeros, que en el tebeo, de un ataque en exclusiva a Nueva York, se muestran imágenes de su cobertura en todo el mundo. En la película, de un ataque a capitales de todo el mundo, al único que se muestra es a Nixon, multiplicado hasta el infinitio por las pantallas de Veidt, emitiendo un mensaje monolítico y unívoco, en contraste evidente y posiblemente buscadocon la confusa multiplicidad de voces en el texto de Moore.

En la misma línea, los ralentizados y demás alardes de acción, que reproducen las técnicas que le saliesen bien a Snyder en 300, aquí no vienen a cuento. Búho Nocturno no tiene que ser impresionante, El Comediante tiene que resultar desagradable y Rorschach rozar lo vomitivo. Convertirlos, sobre todo el primero, en una héroe que reparte estopa y luego pone posturita para quedar chulo es traicionar la esencia del personaje, el significante tras la construcción compleja de la personalidad de Dan Dreinberg, que es de lo que suele ir esto, y no de intentar crear “personajes que parezcan personas”, una impostura muy gringa pero muy estúpida.

Mención especial al polvo de la nave. Primero, es mucho más explícito y con banda sonora pastelera a juego. Luego, con la metáfora de la llamarada coordinándose con el orgasmo, subrayándolo de manera chocante. Finalmente, porque la escena posterior otorga, de nuevo, a Dreinberg, una postura más ‘heroica’  en el sentido clásico que el original, donde “sale del armario” y afronta, como los lectores, como Nemo en La Liga de los Caballeros Extraordinarios, la energía que le da la peripecia por sí misma.

Hay otros alardes de ausencia de sutileza, como insistir una y otra vez en recordarnos que el Doctor Manhattan ve el tiempo de manera simultánea, algo que en el tebeo se va insinuando hasta que llega su número y se explica. Claro, es un recurso más propio del cómic, contemplar todas las viñetas en conjunto, uniendo pasado y futuro. Antes que Animal Man o Hulka, Osterman ya era capaz de viajar de viñeta en viñeta rompiendo el cuarto por razones narrativas internas y sin que nos diésemos cuenta.

Además, le añaden poderes extraños de ser capaz transmitir el efecto a los demás para provocar la catarsis de Laurie. Curioso, porque en el tebeo, aunque queda claro, no se verbaliza que El Comediante sea su padre. En la película te lo repiten tres o cuatro veces después de dejarlo caer de la manera más chabacana.

El cambio del insecto gigante por un falso Manhattan, por otra parte, es lógico, en aras de eliminar subtramas como la de los artistas, y bien llevado en su introducción dentro de la peripecia principal. De hecho, es demasiado evidente lo que va a pasar si has leído el tebeo, pero es que, insistimos, donde el tebeo es sutil, la película es obvia. Al menos no se oculta: esto es lo que hay, y te lo vamos a repetir en lo posible.

Aunque hay que tener en cuenta un cambio de enfoque en el ‘castigo’ sobre la Humanidad: no es un accidente cósmico, “la abeja que pica sin saber que va a morir”, que nos recuerda nuestra humildad y nos vuelve hermanos en la tragedia, como a Bernie y Bernard en el quiosco, sino Dios, que nos mira desde lo alto. Y como nadie sabrá qué ha pasado con Manhattan, hay que portarse bien. Un cambio de enfoque sobre el cataclismo del momento, para Moore era la Guerra Fría, para Snyder el 11-S. Discursivamente, no es gratuito.

Por supuesto, Watchmen el tebeo es kitsch porque es un tebeo de superhéroes, que debe serlo por definición, pero dentro de su género no lo es. Watchmen la película lo es por elección propia. Una traición más profunda a nivel estético lo habría sido menos a nivel conceptual y temático. La deconstrucción superheroica en cine se llamó Los Invisibles, y era una relectura mucho más derechas y randiana… Sé nazi en familia, era el mensaje. Pero eso otro día, en el que también hablemos de El Protegido, por ejemplo.

Watchmen la película es, además y como señalaba Brian Azzarello, inevitablemente retro, porque la Guerra Fría ya no tiene sentido para nosotros. Pero el desastre de Nueva York que cierra la historia si tiene un equivalente en el 11-S, ya lo hemos dicho, sólo que se traduce para la película a escala global. Y, en la escena del multiNixon antes mencionada, dándole una respuesta local. Es, repito, una posición discursiva, y por tanto, política. Y Snyder, aunque se lo haga, no es idiota.

¿Convierte todo esto en mala película a Watchmen? No, por supuesto que no, en la misma medida que calcar viñetas no la convierte en una buena adaptación. Ejemplo de adaptación fiel, aunque corta y rasga, pero mantiene el mensaje del original y hasta lo actualiza, la de El Gatopardo, de Visconti. Adaptación infiel que produce una gran película, Blade Runner. Ponernos a analizar el eterno “te mató porque te quiero” sería muy complejo y daría para otra serie más larga de artículos, sobre todo cuando quien suscribe defiende Troya, de Wolfgang Petersen.

El problema no es que nos guste algo o no, personalmente a mí me encanta 300, tanto el cómic como la película, y disfruto de obras de autores tan alejados de mi pensamiento como puedan ser Mario Vargas Llosa o, los santos nos valgan, Fernando Sánchez-Dragó. El problema es que pretendamos desdeñar las lecturas discursivas o ideológicas porque algo nos gusta, y si nos gusta “es bueno”. El viejo silogismo ilógico que recuerdan muchas veces los Wu Ming: “yo soy de izquierdas, me gusta el chocolate, luego, el chocolate es de izquierdas”. Claro que sí.

Así que, desde este punto de vista, es normal que a Alan Moore le moleste la adaptación. Es una reinterpretación de derechas de su obra, y él es un anarquista de izquierdas. Y, por supuesto, es posible defender la película más allá de esta consideración, y a Dave Gibbons, que tiene el mismo derecho que él a reclamar Watchmen como propio, le encantó.

¿Y a vosotros?

Continuará…
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Acerca de Advenedizo

Periodista de un importante diario metropolitano, escritor de fanfictions, extremista político, coleccionista de amenazas de demanda y buen tío en general.

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Esta entrada fue publicada en 30 diciembre, 2012 por en Uncategorized y etiquetada con , , , .
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